El Evangelio ¿a favor de quiénes?

Existe mayoría entre los predicadores cristianos, católicos, de apóstoles de un evangelio conservador acorde a los intereses de la ideología dominante. En estos tiempos prevalece un evangelio neoliberal. Apóstol también significa enviado o mensajero [de la palabra divina]; entonces, al parecer, “nuestros” apóstoles locales son mensajeros iluminados, pero iluminados por la doctrina del capitalismo salvaje, verdaderos portavoces de las políticas gubernamentales.

Tal conclusión podemos derivar de las declaraciones recientes del cardenal y arzobispo de Guadalajara, José Francisco Robles Ortega: “Los ciudadanos deben respetar los cambios que se están dando en el país por las reformas aprobadas en el 2013, y que entran en vigor este año… Hay que apoyarlas, hay que acatarlas con espíritu de verdadera de responsabilidad ciudadana”, indicó el también presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) al finalizar la misa que ofició por el comienzo del Nuevo Año.” [MILENIO Jalisco, 02/01/2014].La pregunta obligada es: ¿por qué los ciudadanos deben respetar aquellas políticas públicas que les están afectando o les afectarán negativamente en sus condiciones materiales y espirituales de vida? ¿Por qué deben acatar las reformas neoliberales que tanto perjuicio han causado al pueblo mexicano trabajador? ¿Acaso la feligresía no tiene derecho a protestar por tales “cambios” nocivos y reivindicar sus legítimos y justos derechos ciudadanos? ¿Que haya sido Obispo de Toluca [1991-2003] en el periodo neoliberal salinista, zedillista y foxista, la cuna de la política más nefasta actual, lo obliga a compartir la “teología” del funesto mercantilismo capitalista? El hecho de que la sociedad jalisciense sea conservadora no es pretexto para adoptar dogmáticamente los preceptos neoliberales. Ya fue bastante con las sistemáticas declaraciones patéticas del anterior cardenal Juan Sandoval Íñiguez –a quien le gustaba sentarse a la mesa oligárquica– y suponíamos que habría nuevos tiempos evangélicos favorables hacia los pobres. No es así.

El debate al interior y fuera de la Iglesia católica sobre su papel evangelizador al menos se remonta a finales del siglo XIX con la Carta Encíclica Rerum Novarum del Pontífice León XIII, especialmente aquel capítulo “Sobre la situación de los obreros”, que hoy día parece anatema hablar de la condición proletaria para aquellos prelados que se sientan en la mesa de los ricos. Esta Carta no veía con buenos ojos al socialismo obrero, mucho menos al socialismo obrero cristiano y católico, pero al menos reconocía el problema político y económico emanado de las relaciones obrero-patronales que afectaba sensiblemente al primero, pero que hoy día la burocracia eclesiástica siquiera es incapaz de percibir de manera crítica. Es una encíclica muy ambigua en términos políticos, aunque finalmente fue un dique religioso y político contra la marea revolucionaria del proletariado de aquel entonces. A tres décadas de implantado el neoliberalismo en México los resultados son absolutamente adversos a los intereses del pueblo trabajador, incluido aquel que profesa la fe católica, por eso es contradictorio que la jerarquía privilegiada de esta Iglesia avale políticas que solamente favorecen a los grandes ricos locales y extranjeros. Las llamadas reformas estructurales iniciadas por los gobiernos priistas y secundadas por los panistas, incluidos los perredistas, han causado una gran pobreza social y una terrible violencia, producto de una profunda corrupción e impunidad de las elites políticas y empresariales. Las reformas neoliberales laboral, energética, hacendaria y “educativa” han causado una drástica pérdida de la calidad de vida material y espiritual de la mayoría de los mexicanos. Estas son las “reformas” privatizadoras de lo público defendidas por Robles Ortega.

A contrapelo del incipiente evangelio del Papa Francisco, quien esboza en sus discursos algo lejanamente parecido a la doctrina de la Iglesia de los Pobres, la Teología de la Liberación, los fariseos del poder apoyan una política contraria al bienestar popular: el opio neoliberal no ha dejado nada bueno al pueblo trabajador. Como bien señala el ilustre teólogo Leonardo Boff: “Quien escucha las distintas intervenciones del obispo de Roma y actual Papa se siente en casa y en América Latina. El Papa no es eurocéntrico, ni romanocéntrico ni mucho menos vaticanocéntrico… El Papa Francisco no ha conocido el capitalismo central y triunfante de Europa sino el capitalismo periférico, subalterno, agregado y socio menor del gran capitalismo mundial. El gran peligro nunca fue el marxismo sino el salvajismo del capitalismo no civilizado. Ese tipo de capitalismo ha generado en nuestro continente latinoamericano una escandalosa acumulación de riqueza en unos pocos a costa de la exclusión y de la pobreza de las grandes mayorías del pueblo.“Su discurso es directo, explícito, sin metáforas encubridoras como suele ser el discurso oficial y equilibrista del Vaticano, que pone el acento más en la seguridad y en la equidistancia que en la verdad y en la claridad de la propia posición. La posición del Papa Francisco a partir de los pobres excluidos es clarísima: «no deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten» esta opción ya «que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres». De forma contundente denuncia: «el sistema social y económico es injusto en su raíz»; «debemos decir no a una economía de exclusión y de desigualdad social; esta economía mata… el ser humano es considerado, en sí mismo, como un bien de consumo que se puede usar y después tirar; los excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes”». 

¿Dónde está la “verdadera responsabilidad” teológica que aliente esperanza de cambios en estos tiempos de redención a la gente humilde, plebeya, para un mejor mundo deseable y posible: un paraíso terrenal para todos?