De la Colombianización a la Mexicanización…

A la memoria de Don Javier Barros

Sierra, ilustre rector de la UNAM

De Argentina, la cosa es de terror. El escándalo reciente del Estado mexicano todo mundo lo sabe: Hace días el papa Francisco mostró su preocupación por el avance del narcotráfico en Argentina en una carta dirigida al legislador Gustavo Vera, en la que pidió “evitar la mexicanización” del país. “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. El Vaticano sostiene que el Papa no tuvo intención de ofender a México. Claro, la “ofensa” nunca la sintió el pueblo mexicano sino los responsables políticos de permitir tal horror, de ahí la queja del secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, de que tal declaración papal “amenaza con estigmatizar a México” ¡Cómo si no lo estuviera ya en todo el mundo por culpa de su gobierno! El Papa tratando de componer el asunto adujo “no ignorar el compromiso del Gobierno mexicano en la lucha contra el narcotráfico”. Compromiso inexistente, pues la violencia social sigue escalando terriblemente. Patético, Meade pretende ocultar el sol con un dedo. Es como tratar de ocultar la flagrante corrupción imperante del poder y del dinero con la añeja propuesta priista de Peña Nieto de una “renovación moral” con el “Sistema Nacional Anticorrupción”.

“Los demonios andan sueltos”. Del infierno colombiano al mexicano. En el diario El País en octubre del 2010 el derechista expresidente colombiano Ernesto Samper, muy amigo de Vicente Fox, escribió: “Los sapos, como animales que son de sangre fría, no pueden percibir con facilidad los cambios lentos en la temperatura de su entorno… Algo parecido les sucede a las sociedades víctimas de fenómenos como el del narcotráfico; la dialéctica de la plata o el plomo que a través de la corrupción o de la intimidación utilizan los carteles para comprar o conseguir protección jurídica y política frente a sus crímenes, termina produciendo un efecto anestesiante en la opinión nacional que no se da cuenta de que, de esta forma, las organizaciones criminales van destruyendo progresivamente las instituciones que deberían derrotarlos”. Cierto, tan fuerte es el efecto anestésico que los gobernantes mexicanos son insensibles y no entienden que no entienden. La colombianización significaba en los años ochenta lo peor de lo peor: una hiperviolencia social por los poderosos cárteles narcos, su terrorismo rampante, secuestros, la ausencia de autoridad gubernamental, crisis económica y alto desempleo, la complicidad entre las mafias y el gobierno dentro de una profunda corrupción e impunidad del poder y el dinero. “Al Poder Legislativo en México ya lo infiltró el crimen organizado, como lo estuvo en Italia y Colombia en las décadas de los ochenta y noventa. En esos países, 68 por ciento de los congresistas fueron procesados por vínculos con grupos criminales, y todo indica que en México ocurrirá algo parecido, aunque aquí se actuará hasta que todos los legisladores sientan el temor de que pueden ser los próximos asesinados… hasta que sientan el terror que sentían sus homólogos italianos y colombianos”. Así resume Edgardo Buscaglia –uno de los estudiosos del narcotráfico en México– la vida política mexicana después del asesinato del diputado federal priista Gabriel Gómez Michel y de las apariciones de los legisladores Ricardo Astudillo (PVEM) y Ricardo Villarreal (PAN) junto a presuntos operadores financieros del narcotráfico. Para rematar Buscaglia enfatiza: “El corazón de la delincuencia no son los narcos, sino los políticos”. En efecto, la colombianización llegó hace años a México y al tiempo –según Roberto Saviano en su extraordinario libro CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo– los cárteles mexicanos desplazaron a los colombianos en el mercado mundial, convirtiéndose en una de las mafias más poderosas del planeta. Para ello tenía y tiene que haber complicidad gubernamental en el negocio más lucrativo del mundo. La protección del poder político es muy cara pero vale la pena.

¿En qué consiste la “mexicanización”? Casi lo mismo que la “colombianización”, pero corregida y aumentada. A excepción, entre otras cosas, de la existencia de la guerrilla allá, casi todo lo demás es igual aquí. De ahí el temor muy justificado del Papa y del pueblo argentino de una mexicanización. Peña Nieto tiene que explicarnos –no como si fuese una “verdad histórica”  al estilo de Murillo Karam; y no obstante años el Ejército en las calles– ¿por qué nuestro país tiene una altísima proporción de urbes hiperviolentas en todo el mundo? 10 de las 50 ciudades más violentas del mundo son mexicanas. El año pasado Acapulco se convirtió en la tercera urbe más violenta del mundo, detrás de la hondureña de San Pedro Sula y la capital venezolana Caracas, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal. Hace años en su peor momento Ciudad Juárez llegó a ser la ciudad más violenta del mundo, incluido el feminicidio. La violencia en Acapulco y en Guerrero no se debe para nada a la Escuela Ayotzinapa ni a sus estudiantes, muchos de ellos asesinados y desaparecidos por el gobierno. Este martes murió en el puerto el profesor Claudio Castillo –lisiado y de 65 años, por traumatismo craneal– golpeado por la Policía Federal.

Más allá de rezar por un buen gobierno que nos merecemos los mexicanos como bien dijo el cineasta Alejandro G. Iñárritu, debemos fortalecer la lucha legítima y justificada por un gobierno del pueblo trabajador para el bien común con un nuevo Constituyente para la refundación de la República.