Charros gansteriles


La muerte reciente de Joaquín Gamboa Pascoe [1922-2016], secretario general de la Confederación de Trabajadores de México [CTM], fue opacada por la aprehensión de otro mafioso, este último dedicado al negocio de drogas. México podría ser la Sicilia moderna, pletórica de mafias por doquier con sus respectivos capos. De la ínsula mediterránea a Chicago y Nueva York y de ahí a nuestro país podría ser una historia muy extensa de un voluminoso capítulo de la Historia Universal de la Infamia. El desarrollo histórico del capital requiere de la existencia del crimen organizado. Por supuesto, está el modelo clásico siciliano, pero en la mundialización del capital, especialmente en las últimas décadas, se ha constituido una tipología mafiosa, cada una en sus nichos lucrativos. En México tenemos mafias narcotraficantes, decenas de cárteles a lo largo y ancho del territorio nacional, pero también tenemos poderosas mafias político-burocráticas, universitarias, sindicales, empresariales, etcétera. Pueden existir vasos comunicantes entre ellas, pero cada una a lo suyo; una especie de división del trabajo con su respectivo espacio social. Una acepción general del concepto de mafia puede aplicarse a una "asociación de personas que utilizan métodos poco éticos; particularmente si disfrutan o acaparan la mayor parte de algo, impidiendo a los demás participar en ello". Por supuesto, en mayor o menor medida, tal asociación puede recurrir a diversas formas de violencia o represión; la coerción es inherente a la organización mafiosa, sea cual sea su naturaleza social.

La historia del México moderno capitalista, cuando menos desde la década cuarenta pasada, es imposible de explicar sin mencionar a las mafias sindicales encargadas de someter al proletariado a la semiesclavitud laboral. El charrismo sindical –sindicalismo corporativo de Estado– tiene sus orígenes en la década de los veinte y treinta con Luis N. Morones [cacique de la CROM], quien fue secretario de Industria, Comercio y Trabajo con Plutarco Elías Calles, pero su consolidación empieza propiamente con Fidel Velázquez Sánchez, el Charro Mayor, a inicios de los años cuarenta con la CTM, fundada en 1936. El lumpendesarrollo mexicano, de una lumpenburguesía criolla, tiene como uno de sus fundamentos a la mafia sindical, uno de cuyos representantes más conspicuos fue Gamboa Pascoe. En su estupendo libro Los amos de la mafia sindical, el periodista Francisco Cruz Jiménez, dice que "Los «grandes» líderes sindicales de México son lo que parecen y lo que aparentan: viejos dictadores, caciques depredadores. Una relación perversa con el poder les ha permitido forjar una gerontocracia tan profundamente antidemocrática... Solo la muerte o la cárcel son capaces de arrancarles su liderazgo. Como gestores económicos y sociales son un desastre... aceptan lo que el gobierno o el patrón les quieran dar... Por ellos, parece practicarse una sola política laboral, la del cinismo: abundancia para unos cuantos, el mundo de los privilegiados; pobreza, carestía e inflación para los más". Los charros más nefastos: Víctor Flores Morales [ferrocarrileros], Francisco Hernández Juárez [telefonistas], Elba Esther Gordillo, Juan Díaz de la Torre [maestros], Napoleón Gómez Urrutia [mineros], Joel Ayala Almeida [burócratas], Carlos Romero Deschamps [petroleros], Víctor Fuentes del Villar [electricistas], Agustín Rodríguez Fuentes [universitarios] y el extinto Gamboa Pascoe [obreros], y tras ellos una legión de vividores de las cuotas de los trabajadores. La mayoría de ellos son de estirpe priista, pero pueden acomodarse a cualquier partido en el poder gubernamental, como lo hizo Leonardo La Güera Rodríguez Alcaine con Vicente Fox, al igual que lo hizo Gamboa Pascoe con Fox y Felipe Calderón. Es un sindicalismo de Estado, estratégico al capital.

A finales de los años ochenta, Gamboa Pascoe le espetó a una reportera: "¿Qué, porque los trabajadores están jodidos yo también debo estarlo? A mí nunca me verán descalzo ni de guaraches" ¡Jamás! Usaba zapatos de lujo italianos, casimires de lujo, relojes de lujo, autos de lujo como sus Mercedes Benz y BMW; vivía en casonas de lujo, etcétera. Un líder sindical pobre es un pobre líder. Empresario millonario de la construcción, gracias al tráfico de influencias con el Infonavit. El derroche y la ostentación como signo inequívoco de poder, un poder ominoso. Hasta se hizo levantar una estatua, no de lujo pero sí de mal gusto, de ignominia, en pleno edificio de la CTM. La mayoría de los charros sindicales nunca han sido trabajadores; han sido o son abogadillos, como fue Gamboa Pascoe, quien inició su carrera en la década de 1940 con el charro Yurén Aguilar –uno de los famosos cinco lobitos, encabezados por Fidel Velázquez, verdaderos lobos depredadores del trabajador– como su ayudante, asesor y chofer en la Federación de Trabajadores del Distrito Federal [FTDF]. "Desde sus inicios se insertó muy bien en una burguesía burocrática sindical, cuya escandalosa prosperidad no proviene del comercio ni de la industria, sino del ejercicio del poder corporativo y la carrera política". Fue varias veces diputado, y hasta líder senatorial. Algunos periodistas escribieron de él en 1982: "no necesita ser desprestigiado; él mismo se ha desprestigiado". Era acusado de contrabandear fayuca en los viajes presidenciales al extranjero, y se dice que era el más acaudalado de los líderes sindicales. Líder sindical espurio significa, como dice Cruz Jiménez: "cacique, charro, manipulador, vividor del sistema, golpeador, millonario, ostentoso y explotador". En síntesis, un líder venal y gánster, déspota, abyecto y cretino de la política, subordinado al Estado y al patrón. El sindicalismo podrido nunca se acabará con la muerte de estos "líderes", sino con la lucha por un sindicalismo democrático e independiente.