Otra parte

Los versos de mi padre

A principios de los años noventa mi padre decidió regresar a Torreón, donde pasó gran parte de su infancia y su juventud. Quería dedicarse a escribir pero su vocación de editor ocupó la mayor parte de su tiempo, aunque dejó un legajo de manuscritos con cuentos y poemas que algún día verán la luz. En estos tiempos de discusiones exaltadas estoy seguro de que mi papá podría aportar una visión prudente desde su posición de comunista imbatible pero siempre atento a los argumentos de los demás. Echo de menos las discusiones interminables en torno a temas indeludibles en los años ochenta, como el “socialismo realmente existente” y, a fines de esa década, el desplome del mundo comunista y la pervivencia del socialismo en Cuba. Admiraba a Cuauhtémoc Cárdenas y seguramente hoy estaría con López Obrador. Si no hubiera muerto hace diez años la sobremesa en algún buen restaurante de la Ciudad de México —a donde iba de vez en vez—, acompañados de buenos amigos, se prolongaría durante horas en torno a la realidad que vivimos ahora.

Murió el 19 de julio de 2002 con una sonrisa y haciendo bromas a la enfermera, que se asustaba de su humor negro. A su muerte varios amigos en común escribieron anécdotas sobre la peculiar personalidad de mi padre, que a veces rayaba en la caricatura. Jaime Muñoz Vargas escribió estas dos:

1. Don Roger solía invitar amigos a departir con él en su minúsculo departamento de Torreón. Era disparador, generoso. Durante un tiempo “les pichó las caguamas” a dos jóvenes poetas con quienes conversaba, bebía y fumaba durante largas horas. En alguna ocasión se enfrascó en una polémica con uno de los jóvenes poetas. La molestia del muchacho fue tanta que con un cuchillo arremetió contra don Roger y logró propinarle un puyazo en la indefensa espalda. Chorreó sangre, llamaron a la Cruz Roja, y en ningún momento el viejo denunció al agresor. Pasadas las semanas, don Roger me narró los pormenores del altercado. Pudo recurrir a las instancias judiciales, pero su aprecio por el joven escritor era mucho y no quiso afectarlo. Sólo le guardó un tenue resentimiento enunciado con un retruécano para mí imborrable:

—Yo sabía que era un poeta maldito, no un maldito poeta.

2. Hay una estrofita del dominio público entre los laguneros. La oí por primera vez en mi adolescencia. La memoricé, y durante años he sentido que ella condensa, humorística y cruelmente, nuestra norteña barbarie. En 1997 negocié con don Roger la impresión de un libro. Lo visité varias veces a su departamento, y en una de nuestras conversaciones surgió el tema. Me dijo que cuando era estudiante a él se le ocurrió escribir esos terribles versos. Desde el principio corrieron con suerte entre todos sus compañeros, y hasta la fecha sobreviven como santo y seña de nuestra laguneridad. Sea o no de don Roger, esa estrofa admite una breve disección literaria: la primera línea dibuja con maestría la mayor peculiaridad de nuestro entorno geográfico; la segunda —obra maestra de la brutalidad escatológica— sigue siendo realidad visible y olfateable en la Comarca Lagunera; el verso tercero pinta de una sola pincelada a todos los nuevos irritilas; el cierre incorpora, sin ánimo poeticista, la más notable característica de nuestro clima. En cuatro versos, pues, se perfila el contorno físico y espiritual de nuestra chula tierra. Va la estrofa íntegra y sin censura:

 

Cerros chatos y pelones

tajos llenos de cagada

una bola de cabrones

y un calor de la chingada.