Otra parte

Un sabio yucateco

La península yucateca es una región cuya historia es ajena a muchos mexicanos. El antropólogo y estudioso de las artes y de las letras Alfredo Barrera Vázquez (26 de noviembre de 1900–28 de diciembre de 1980) trató de borrar esa distancia. De niño aprendió a hablar el maya y en su juventud se especializó en lingüística y filología. Fue colaborador de Sylvanus G. Morley mientras éste trabajaba en La civilización maya (FCE, 1946) y presidente vitalicio de la Academia de la Lengua Maya, creada por él en 1937. También fundó en 1959 el Instituto Yucateco de Antropología e Historia y la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán en 1970. Tradujo el Libro de los libros de Chilam Balam y el Códice de Calkiní, entre otros documentos históricos, y escribió cientos de estudios y notas de divulgación de la cultura maya y su herencia en la cotidianidad de la península. Sobre su experiencia como traductor escribió: “El estudio de los textos mayas ha tenido que enfrentarse a obstáculos como el de que casi toda palabra tenga varios significados; el de que los diccionarios no traigan todas las formas léxicas que aparecen en los textos... el de que ciertas frases, a la fuerza de rebuscamientos para esconder el pensamiento original al intruso de ocasión, estén asentadas en forma anómala y que desconcierta al lingüista” (Libro de los libros de Chilam Balam).  

Alfredo Barrera Vázquez murió en 1980. Para recordarlo Carlos E. Bojórquez Urzaiz reeditó el libro que contiene los artículos que Barrera publicó en 1942 en el Diario del Sureste en la columna que llevaba el mismo nombre: ¿Lo ignoraba usted? (Biblioteca Básica de Yucatán, 2009; puede pedirlo a biblioteca.basica@yucatan.gob.mx); una brevísima enciclopedia que da cuenta de temas étnicos, lingüísticos, de etnobotánica y zoología, además de anécdotas y apuntes de la cultura maya.

Entre las notas de este ameno volumen se entera uno del verdadero origen de las palabras cacao y chocolate, que no es náhuatl, sino maya, en sus variantes cacan, cucue y quicou; o que huipil no es maya, sino náhuatl: huipilli —en maya es kub. También que hubo focas en las costas yucatecas hasta principios del siglo XX y que fueron exterminadas por pescadores o que los antiguos habitantes de la península construyeron carreteras aunque no conocieron la rueda —y que comían pequeños perros sin pelo.

Los antiguos mayas clasificaban los suelos en veinte variedades de tierras, como el yaxhom, un terreno muy fértil de tierra caliza húmeda plana, con depresiones o zanjas que absorben las aguas, o el petén, terreno de lecho pétreo, costero, fértil, con bosques altos, anota Barrera Vázquez, y también la invención del cero y de la numeración por posición, con la que cualquier cantidad puede representarse con tan sólo tres signos. Además, que el concepto maya de belleza incluía el achatamiento de la cabeza y provocar el estrabismo a los niños.

A mediados del siglo XIX el próspero Yucatán producía y exportaba a La Habana, Nueva York, Nueva Orléans y Belice productos como baúles, guitarras, herrajes para carros, machetes, maíz, metates, peines, pulpa de tamarindo, sombreros, tabacos, zapatos y ¡hasta huevos! Un libro valioso que es apenas una probadita de la vasta sabiduría de Alfredo Barrera Vázquez, cuyas obras mayores deben leerse con detenimiento.