Otra parte

El periodista y su circunstancia

Periodista no es sinónimo de informador imparcial, pues son más bien pocas las veces en que los periodistas tienen la oportunidad de desplegar su profesión con total libertad —aun cuando muchos se digan libres y hablen en nombre de la justicia, de la democracia, de los derechos humanos y de la libertad misma: no son pocos los que escriben con prescripciones ideológicas de diferentes tintes y a duras penas reconocerán otros puntos de vista o aceptarán que mintieron o se equivocaron. Hay que saber tomar distancia. También parece una verdad de Perogrullo que no todos los periodistas trabajan en medios informativos, pues son muchos los que laboran para el Estado, en instituciones y organismos públicos o privados de distinta índole, y por ello su desempeño es parcial, ya se trate de reporteros, conductores de medios electrónicos o jefes de comunicación “social”. En su trabajo debe prevalecer la lealtad a la empresa o a la institución; son periodistas que se convierten en voceros de quien los emplea —aunque esto vale también para aquellos que trabajan en medios: un diario o un canal de televisión es una institución, a final de cuentas, y la “camiseta” debe ostentarse las 24 horas. Así, hay casos en que periodistas críticos con instituciones oficiales y privadas son contratados por éstas para encargarse de sus oficinas de prensa.

Un dilema puede presentarse cuando los lineamientos o conductas de la institución contravienen los principios básicos del periodismo —la ética, el apego a la verdad, la responsabilidad— o los del propio periodista si éste se ve a sí mismo como depositario y custodio de esos valores. ¿Qué hacer ante la corrupción, políticas abusivas o discriminatorias contra empleados, despidos injustificados y componendas políticas? Muchos periodistas en situaciones como éstas ni se inmutan y siguen cobrando sus honorarios; otros, en cambio, son capaces de renunciar y denunciar.

Con el desarrollo de las nuevas tecnologías digitales el periodismo se ha diversificado y se habla incluso de “periodismo ciudadano”, en el que la gente común que tiene la oportunidad de registrar en video o fotografía con pequeñas cámaras o teléfonos celulares un acontecimiento de trascendencia envía el documento a un medio importante que lo pone en contexto y difunde. También está la opción, no menos importante, de publicar documentos de toda índole por cuenta propia en sitios como YouTube y bitácoras personales o colectivas, y los ejemplos —con menor o mayor profesionalismo— se cuentan por miles y son tan distintos como el Blog del Narco, Nuestra Aparente Rendición, el de Yoani Sánchez o WikiLeaks, con consecuencias a veces imprevisibles.

En Cuba la principal amenaza al periodismo —y a la libertad— es el Estado totalitario; en México —donde hay libertad de prensa— es el narco-Estado. En Venezuela, Ecuador y Bolivia los autoritarios gobiernos “socialistas” del nuevo siglo hostigan y cierran medios independientes y aspiran al control total. En Estados Unidos la masiva filtración de información confidencial provocó reacciones destempladas de altos funcionarios. La libre circulación de la información es una piedra en los zapatos del poder.