Otra parte

¿Qué son las feminazis?

Fueron el exitoso comentarista de radio Rush Hudson Limbaugh y el economista Tom Hazlett quienes acuñaron el término feminazi, en 1989. Orgullosamente conservador y republicano fervoroso, Limbaugh acusó a políticos de centro y conservadores moderados de haber sido los culpables del triunfo de Obama, razón por la cual los invitó a abandonar el partido. También cree que el cambio climático es una invención de científicos adheridos a una “propuesta política” en torno a la cual han conseguido un amplio consenso, a pesar de que en la ciencia, dice, “no puedes tener consenso”. A los activistas de la ecología los ha tildado de “lunáticos ambientalistas” (environmentalist wackos) y llegó a burlarse de los enfermos de VIH. También está a favor de la pena de muerte y de la tortura a los terroristas. Cuando se conocieron los abusos de soldados estadounidenses a prisioneros en Abu Ghraib declaró: “No hay mucha diferencia con lo que pasa en los ritos de iniciación de Skull and Bones” (una sociedad secreta de estudiantes de Yale). Sobre los negros, afirma que están marginados porque desde niños personas como Barack Obama, entre otras igualmente perversas, les han enseñado a odiar a su país.

Como es obvio, el feminismo es otro de sus blancos preferidos. De acuerdo con él, el feminismo se inventó para que “las mujeres feas pudieran tener acceso a puestos más visibles en la sociedad”. El neologismo feminazi fue enderezado contra “un puñado de feministas cuya principal tarea en la vida es la de asegurar que ocurra el mayor número de abortos posible”. Limbaugh ha sido acusado decenas de veces de tergiversar y presentar inexactitudes en la información pero, como Johnny Walker, sigue tan campante [véase mediamatters.org/research/200506240002].

El Merriam-Webster en línea define feminazi como una militante o extremista feminista, aunque su uso para insultar y denostar a las feministas en general es muy común. (Por supuesto, no debe confundirse la estupidez de Limbaugh con las críticas de Camille Paglia a grupos feministas estadounidenses por sus tendencias autoritarias y censoras, a los que tacha de estalinistas; véase Sexual Personae).

El término feminazi también ha salido a colación en casos como los de las feministas mexicanas que aseguran que obras literarias como Lolita, de Vladimir Nabokov, y Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, celebran la pederastia e incitan a cometer ese crimen. Aunque si hay alguien que se merece más que nadie esa acusación es una mujer que se esforzó toda su vida adulta por ganárselo: Andrea Dworkin (1946-2005). En una sobrecogedora semblanza Naief Yehya narra la violación imaginaria que sufrió la feminista en un hotel de París. En su versión, la también activista contra la pornografía cuenta que el barman y un camarero pusieron un narcótico en su coctel, la arrastraron a su cuarto —pesaba 150 kilos— y la violaron con brutalidad. No demandó a nadie y ni sus más cercanas amigas y colegas le creyeron, incluyendo a una ginecóloga también feminista [Andrea Dworkin: la cultura de la violación y la desintegración del radicalismo sexual, Replicante no. 4, verano de 2005]. Radical antibelicista de izquierda en su juventud, con su extremismo y su fobia a la pornografía acabó colaborando con la derecha retrógrada de Ronald Reagan y la corrupta y tramposa Comisión Meese, creada para perseguir la pornografía. Dworkin tenía un póster en su casa que decía: “Los hombres muertos no violan”.