Otra parte

El dilema de Israel

Un aguerrido militante de una tal Liga de Unidad Socialista escribe que Israel es “un Estado judío fundamentalista”. Un grupo de académicos, en una carta plagada de errores históricos, pide a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que “en la FIL de este año haya mesas redondas plurales y representativas sobre el conflicto palestino-israelí y que en 2015 la feria tenga a Palestina como invitado especial” (La Jornada, 27 de octubre).

Israel es una democracia parlamentaria con un sistema de partidos de distintas orientaciones ideológicas y separación de poderes, libertad de prensa y respeto a los derechos políticos y a las libertades civiles; es el único país de la región que permite la crítica abierta a las políticas del Estado por parte de intelectuales y organizaciones israelíes de derechos humanos, además de grupos antisionistas o antiisraelíes que operan legalmente en su territorio. Israel es un Estado pequeño con un alto desarrollo económico y que ha legado al mundo numerosas aportaciones en ciencia, tecnología, arte y literatura, como se podrá apreciar en la próxima FIL de Guadalajara. También, como tantos países, es uno con graves problemas, y algunos de ellos parecen irresolubles, como el conflicto con Palestina, del que se quiere responsabilizar únicamente a él.

Los feroces críticos del Estado israelí soslayan convenientemente las constantes amenazas y los ataques de grupos terroristas islámicos que han declarado repetidamente su intención de echar a los judíos al mar. Sus críticas parciales y desinformadas lindan con el viejo y vulgar antisemitismo, que profesan en México no pocos académicos e intelectuales, como Alfredo Jalife —asesor en temas internacionales de Morena— y Raquel Rodríguez Martínez, que en una conferencia en la conflictiva Universidad Autónoma de la Ciudad de México dijo que “Existe mucha literatura que dice que el holocausto fue una gran mentira; si hubieran matado a seis millones de judíos ya tuviéramos la suerte de que no hubiera judíos en este planeta”.

El antisemitismo europeo que empezó a gestarse durante la segunda mitad del siglo XIX dio origen al movimiento sionista y posteriormente a la fundación del Estado de Israel, que se concretó al final de la Segunda Guerra Mundial y del genocidio que acabó con la vida de millones de judíos a manos de los nazis. Los pobladores árabes que habían convivido durante cientos de años con una minoría de judíos en la antigua Palestina —territorio bajo mandato británico desde 1917 después de la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra—, observaban con recelo el arribo de miles de inmigrantes procedentes de Europa, a los que veían como continuadores del colonialismo inglés y francés en la región. Los ingleses habían prometido a los árabes la creación de un Estado independiente, pero también habían prometido a los judíos la fundación de un “hogar nacional” para ellos, como se establecía en la Declaración del ministro de Relaciones Exteriores británico Arthur James Balfour en 1917, en la que no se mencionaba la palabra “Estado” ni se definían los límites. En 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la creación de dos Estados en Palestina, uno árabe y otro judío, lo cual fue rechazado por los árabes. El 14 de mayo de 1948 se llevó a cabo en Tel Aviv la ceremonia de Independencia de Israel, que fue reconocido por una mayoría de países, a excepción de las naciones árabes. Al día siguiente los ejércitos de Irak, Siria, Egipto, Siria y Transjordania agredieron al nuevo país, que después de algunos meses repelió la invasión. Desde entonces, la violencia entre árabes e israelíes no ha cesado.

El conflicto palestino-israelí ha sido material de intensos y enconados debates entre intelectuales, políticos y religiosos de todo el mundo y de todos los signos. Ya en los años treinta Sigmund Freud había expresado su temor de que en la legendaria Tierra Prometida se enfrentaran un día “judíos racistas” y “árabes antisemitas”. El rabino Meir Kahane, fundador de la Liga de Defensa Judía en Estados Unidos y en Israel de un partido de extrema derecha (el Kach, excluido del parlamento), era partidario de una política racista, del Gran Israel y de la expulsión de los palestinos del país. Del otro lado, los árabes extremistas de Hezbollah y Hamas rechazan la existencia del Estado judío e insisten en su propósito de arrojarlos al mar.

En A vueltas con la cuestión judía [Anagrama, 2001] Élisabeth Roudinesco recorre la larga historia del odio a los judíos, desde el antiguo antijudaísmo cristiano hasta el antisemitismo europeo de los siglos XIX y XX y los brotes contemporáneos de judeofobia desatados precisamente por un antagonismo que corre el riesgo de eternizarse si las dos partes no muestran la voluntad de superarlo.

El intelectual estadounidense-palestino Edward Said, aun cuando reconocía la legalidad de Israel, deseaba un Estado binacional “que permitiera reunir en un solo pueblo los tres monoteísmos (judaísmo, cristianismo, islam) y los dos enemigos hereditarios (judíos y no judíos) para que vivan juntos”. Roudinesco plantea claramente el desafío que los israelíes tienen ante sí: fortalecer una democracia laica e igualitaria, un verdadero Estado de derecho, o afirmar el carácter judío del Estado y convertirse en uno religioso y racial, lo cual sería algo lamentable y desesperanzador.