Otra parte

La “causa” palestina

A veinte kilómetros de la frontera con Israel, en el sur de Líbano, hay un parque temático llamado Museo de la Resistencia, construido por Hezbollah, en el que se exhiben tanques, cañones y soldados camuflados para no olvidar la guerra entre Israel y el “partido de Dios” de 2007 ni la ocupación israelí de Palestina. A la inauguración, en mayo de 2010, asistieron personajes aparentemente tan dispares como el líder de esa organización terrorista, Hassan Nasrallah, y el lingüista Noam Chomsky [Tom Freston, “Six Flags over Lebanon”, Vanity Fair, 25-IX-2102]. Chomsky, de origen judío, se dice antisionista pero no antisemita, aunque confunde verdades con prejuicios y mentiras: los judíos “poseen Nueva York”, “controlan los medios de comunicación” y “dominan la vida cultural y económica”. El lingüista no tuvo empacho en defender el “derecho a la libertad de expresión” del negacionista neonazi francés Robert Faurisson.

A Faurisson casi ningún investigador lo toma en serio y sus “hallazgos” sobre el Holocausto y otras “invenciones” de los judíos no son más que tonterías, como lo demuestran sus fuentes (titulares del rotativo británico Daily Express de la época). Chomsky lo tomó en serio: no solamente escribió un texto que terminó siendo el Prefacio al libro de Faurisson Mémorie en Défense, sino que en una carta al historiador australiano Bill Rubinstein, que lo cuestionó por ello, le respondió: “No veo implicaciones antisemitas en el hecho de negar la existencia de las cámaras de gas o incluso en el de negar el Holocausto. Ni tampoco es una implicación antisemita, per se, decir que se está aprovechando el Holocausto (crea uno que ocurrió o no) de forma agresiva, por parte de apologistas de la violencia y la represión israelíes. No veo ni un indicio de antisemitismo en el trabajo de Faurisson” [Chomsky, “The Faurisson Affair, His Right to Say It”, The Nation, 28-II-1981].

En el desprecio a los judíos y al Estado israelí convergen antisionistas de derecha e izquierda, neonazis y extremistas islámicos. El odio palestino fue avivado por Muhammad Amin al-Husayni, gran mufti de Jerusalén, que fue aliado del Tercer Reich durante la II Guerra Mundial. Fuerte opositor al mandato británico y a la inmigración judeoeuropea, instigó matanzas de judíos entre 1929 y 1936, con cientos de muertos en Hebrón y Safed. Huyó a Berlín al comienzo de la guerra, donde promovió la formación de batallones de soldados bosnios y albaneses musulmanes; en 1942 trató de convencer a Hitler de que extendiera el exterminio de judíos a los territorios franceses e italianos del norte de África y de que bombardeara Tel Aviv, aunque ahí también había población árabe. Al término de la guerra huyó a Francia y luego a Egipto, desde donde azuzaba a los países árabes a lanzar ataques contra el recién creado Estado de Israel. En 1959 su sobrino Yasser Arafat fundó la organización política y militar palestina Fatah. Fatah fue responsable de numerosos y sangrientos ataques terroristas contra civiles y del asesinato de once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972. El célebre terrorista Carlos, “el Chacal”, que se convirtió al islam, declaró en octubre de 2001 a un diario venezolano que la guerra entre palestinos e israelíes “es el epicentro de la guerra revolucionaria a escala internacional” y que “el movimiento yihadista es la vanguardia de la lucha antiimperialista”. Es el “socialismo de los imbéciles” del que hablaba Engels.

Israel, rodeado de países enemigos en su mayoría, sufre en su interior la presión de grupos ultraconservadores y expansionistas —y, lamentablemente, hasta racistas—, pero su seno también se ejerce una crítica enérgica y la oposición de intelectuales y sectores progresistas y de izquierda —incluyendo a militares— que demandan la paz y la creación de un Estado palestino o aun de un Estado binacional. Todo esto en medio de la agresión permanente del terrorismo islámico que busca borrar del mapa a punta de misiles a esa “entidad sionista” que ha ocupado un territorio sagrado —el waqf—, razón por la cual debe ser echada al mar —como declara Jaled Mehal, líder de Hamas. Cualquier “análisis” que omita estos factores es parcial y perverso, y el risible llamado a un “boicot cultural y comercial” contra Israel, país invitado de la próxima FIL de Guadalajara, es pura histeria izquierdista. El conflicto de Israel con Palestina es político; la supresión del Estado de Israel es un mandamiento del islamismo radical —y la causa palestina una coartada de este último.