Otra parte

Mitos y mentiras sobre Israel

Aún resuena el eco tardío de la protesta por la presencia de Israel en la FIL. Con ligereza, los inconformes acusan al Estado israelí de genocida, de practicar el apartheid y hasta de fascista. Escandalizados por la visita de Shimon Peres y por las medidas de seguridad, habría que preguntarles si les complacería la invitación a Raúl Castro, dirigente de una dictadura de más de medio siglo, o a Bashar al-Asad, quien el 9 de diciembre envió una carta a los participantes en el XVIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Quito en la que el presidente sirio “se refiere a los esfuerzos de su gobierno por garantizarle cultura y educación a las nuevas generaciones y recordó la difícil situación interna que sufre Siria debido a las acciones terroristas que impulsan algunas bandas”.

En Estados Unidos la American Studies Association llama a un boicot académico contra Israel pero, como responde el académico de Harvard Alan Dershowitz, no contra China, que encarcela a académicos disidentes, ni contra Irán, que ejecuta académicos disidentes, ni contra Rusia, cuyas universidades despiden a académicos disidentes. “No fue contra Cuba, cuyas universidades no tienen académicos disidentes. No fue contra Arabia Saudita, cuyas instituciones académicas se niegan a contratar mujeres, gays o académicos cristianos. Tampoco fue en contra de la Autoridad Palestina, cuyas universidades se niegan a permitir el discurso abierto en relación con el conflicto palestino-israelí. No, fue sólo en contra de instituciones académicas en el Estado de Israel, cuyas universidades tienen programas de acción afirmativa para estudiantes palestinos y tienen un mayor nivel de libertad académica que casi cualquier país del mundo”.

Al contrario de muchas de las críticas que académicos, escritores y militares israelíes enderezan contra la política de su país, las que se lanzan desde estas latitudes se orientan por una información convenientemente parcial. Incluso los más pertinaces críticos israelíes, como Benny Morris y Shlomo Sand defienden el derecho a la existencia de su país; un derecho que le niegan el islamismo fundamentalista y los israelófobos de izquierda a derecha en todo el mundo.

No solamente los fanáticos desean “arrojar al mar” a los judíos, sino que mienten, distorsionan y exageran la información relacionada con el largo y penoso conflicto. Apenas unos ejemplos lo demuestran. La viuda de Yasser Arafat acusó a Israel de haberlo envenenado con polonio-210 e insiste en esa versión a pesar de que los recientes análisis de tres laboratorios de Rusia, Francia y Suiza hechos a los restos del líder palestino probaron que murió de una infección generalizada: Ahmad Jibril, fundador del Frente Popular por la Liberación de Palestina, contó que cuando interrogó a Mahmud Abbas sobre la investigación del envenenamiento de Arafat éste le contestó que había que callar: “Para serle honesto, el informe oficial de los franceses es muy claro. El sida fue lo que se lo llevó” [El Clarín, 22 de julio de 2007].

Los críticos de Israel hacen aspavientos cada vez que el Ejército de Defensa Israelí responde a los ataques desde enclaves terroristas en Gaza y Cisjordania, a veces con pérdidas lamentables de civiles inocentes, pero no ven los frecuentes atentados, lanzamientos de misiles y bombas molotov contra objetivos civiles israelíes, que incluyen hospitales y jardines de niños. No solamente los terroristas usan a los civiles palestinos como escudos humanos, sino que inculcan a los niños el desprecio a los judíos y el deber sagrado de exterminarlos, aun si para esto deben convertirse en mártires suicidas.

En una visita reciente a San Francisco, el congresista sudafricano negro Kenneth Meshoe se sorprendió al ver carteles que acusaban a Israel de practicar el apartheid. En un artículo del 15 de mayo en el SF Examiner escribió: “Los que hacen la acusación exponen su ignorancia de lo que realmente es el apartheid. Judíos negros, morenos y blancos y la minoría árabe se mezclan libremente en todos los lugares públicos, universidades, restaurantes, centros de votación y en el transporte público. Todas las personas tienen derecho a voto. La minoría árabe tiene partidos políticos, cumplen funciones en el parlamento y ocupan posiciones en los ministerios del gobierno, la policía y los servicios de seguridad. En los hospitales, los pacientes palestinos se recuperan en camas junto a judíos israelíes, atendidos por médicos y enfermeras israelíes árabes y judíos. Esa ridícula acusación trivializa el significado de la palabra apartheid”.