Otra parte

Insolente Roberto Vallarino

Un 12 de noviembre murió Roberto Vallarino. Tenía 47 años cuando partió, aunque ya era dueño de una copiosa obra que abarca periodismo cultural, ensayo literario, novela, narrativa, poesía e incluso literatura infantil. En su compilación de ensayos Textos paralelos escribió que “una de las finalidades de la novela contemporánea es dotar al mundo real de significados inéditos y proposiciones diversas a través de los elementos del mundo ideal, imaginario, voltímetro y potencia de todo artista verdadero” (México: UNAM, 1982). A pesar de su espíritu beligerante, este sonorense nacido en 1955 era uno de esos artistas verdaderos y muy temprano ofreció muestras de talento. Tenía veinte años cuando un jurado integrado por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Luis Martínez, Juan José Arreola y Héctor Azar premió su obra poética, a la que consideró “una de las más novedosas de habla hispana”.

Fue fundador de Cuadernos de Literatura, editor, corresponsal para el unomásuno de la guerra entre Irak e Irán en 1984 y autor de una memorable entrevista a Octavio Paz en la que el Nobel mexicano habló hasta de rock, ese “gran acto de comunión” (véase su libro póstumo Sendas de tinta, colección Periodismo cultural, Conaculta, 2006).

La noche en que lo velaron, cuenta su amigo Cosme Álvarez en su bitácora electrónica, coincidieron poetas y artistas, entre ellos un estruendoso José de la Colina, que contaba con aspavientos algunas anécdotas del escritor fallecido, y un ensombrecido Juan García Ponce en silla de ruedas que no apartaba su triste mirada del féretro donde yacía su protegé, que gustoso se habría levantado a brindar con ellos por su viaje al más allá.

Su esposa, Adriana Moncada, recuerda que a Paz “nunca le pareció que Roberto ejerciera una crítica irónica y mordaz”, y que “le sugería no escribir mal sobre nadie ni nada”, pero ése fue un consejo que Vallarino casi nunca siguió. Incendiario, provocador, Vallarino reivindicaba el derecho a defender con los puños sus ideas ante las no pocas mentes obtusas que medraban en el ámbito de la cultura mexicana. Una vez llegó a la casa de García Ponce, ahí estaba un joven aprendiz de editor y teórico marxista —hijo de un académico de renombre— que se había atrevido a proferir alguna habladuría sobre él. Vallarino saltó por encima del sofá persiguiendo al aterrorizado insolente, a quien finalmente le asestó un par de madrazos para enseñarlo a decir las cosas de frente.

Nos vimos pocas veces. Roqueros al fin, invité a Vallarino a la discoteca El Nueve, donde, encaramado en un alto escalón, prodigaba copas a sus amigos y se balanceaba al ritmo del new wave de los ochenta. Por esos días regenteó durante unos meses El Club del Algodón, como él rebautizó a la conocida tienda de discos Hip Setenta, al sur de la Ciudad de México, donde brindamos con recelo respetuoso.

Roberto Vallarino murió en 2002. Su poema “Otra premonición” podría ser muy bien el corolario de su intensa vida: “Y sé que cuando muera/ muchas voces dirán/ el exceso terminó con su vida,/ con sus sueños./ No saben que el exceso/ alimentó esta vida/ y estos sueños”.