Otra parte

'Hipsteria'

Hipsteria, de Ricardo Garza, es una novela sobre la vertiginosa ascensión, estrepitosa caída y gloriosa resurrección de un hipster, que poco después de su publicación por Planeta a finales de 2013 fue sarcásticamente recibida en Twitter por escritores “serios”... sin haberla leído.

¿Qué es un hipster? ¿Alguien engreído, bohemio, contradictorio, cool? En principio, sí. El problema empieza cuando los hipsters no se reconocen como tales, como sí lo hacen quienes se asumen como emos o hippies. (Los pobres godínez ni siquiera saben que se les dicen así).

Según varios autores citados por Wikipedia, los hipster —jóvenes de clases medias y altas, sobre todo— han retomado elementos provenientes de movimientos alternativos de la posguerra y posteriores, como los beatniks, los hippies, los punks, los post-punks y los grunge, además de algo del new age, pero transformándolos en fetiches; se han inspirado en rasgos culturales de etnias que aún no han sido asimiladas, aunque todo eso lo han reciclado de maneras que resultan poco auténticas. Es decir, hay algo falso en esta subcultura urbana que presume de intelectual, sensible al arte, la moda y la literatura; no obstante, en búsqueda de la originalidad han terminado pensando, actuando y vistiéndose igual y concurriendo a los mismos sitios.

Nada que ver, por tanto, con los hipsters originales que surgieron en los años cuarenta en Estados Unidos que se agruparon en torno al jazz y la vida bohemia y que darían origen a los beatniks de los cincuenta.

Usted podría ser un hispter... ¿Usa lentes de pasta, va a restaurantes gourmet a degustar mousse de aguacate con reducción de chipotle, se pone moños de colores, se deja el bigote como don Porfirio, es ciclista, ambientalista, fuma marihuana hidropónica, viste camisas de cuadritos o playeras muy trendy, sacos de pana con coderas, ropa vintage, calza tenis de colores, usa sombreritos fedora, es vegetariano o vegano, asiste a catas de mezcal y de cervezas artesanales, adora a los gatos y lucha en contra del duopolio cervecero y a veces contra el duopolio televisivo?

Los hipsters detestan a los mirreyes y a los godínez y se jactan de haber redescubierto los acetatos, a Los Ángeles Azules y la cumbia tailandesa, y las baladas setenteras de Leo Dan y José José les parecen tan sublimes como las rolas del Indie rock. Para eso estudiaron comunicación y diseño y para eso son creativos de una agencia de publicidad, como el protagonista de esta novela, Sal Thomson, o community managers —porque la revolución y los grandes cambios ahora se hacen desde Twitter, como todos lo saben, incluyendo a los académicos de universidades progres.

Los hipsters son acaso una especie de licuado posmoderno. El kitsch reciclado y revalorado; el tianguis y el baratillo como fuente de ideas y de inspiración. El comercio justo como norma; son un poco de izquierda y detestan a Peña Nieto, al que estaban seguros de impedir llegar a la presidencia en 2012 porque en los medios sociales todos son peña-haters: chairos bien vestidos. “Los hipsters, depositarios de todo el siglo XX son la consecuencia perfecta de nuestro mundo actual: despolitizados, desclasados, agrupados, hedonistas, egoístas y practicantes de lo que llamo democracia sensorial —sólo cabe la democracia en lo que se conoce—; el hipster es, sin que lo advierta, el espejo mismo del sistema que frívolamente combate. Como ninguna otra subcultura, los hipsters logran al mismo tiempo alinearse con la rebeldía y con la cultura dominante”, dice Antonio Marvel [Hipsteria, Gatopardo, blog de la redacción, 24-3-2014].

Los hipsters habitan y frecuentan colonias como la Condesa en la Ciudad de México y la Americana en Guadalajara —fuera de esas zonas todo es una nopalera inmensa donde se sienten desencanchados— y no se pierden las inauguraciones de arte contemporáneo con instalaciones sonoras y escombros regados por el suelo de la galería. Pasan gran parte de su tiempo conectados a la red vía smart phones y se jactan de ello.

Por todo eso la lectura de Hipsteria es aleccionadora. Una mirada irónica y caricaturesca del mundo hipster, de sus artistas conceptuales, de sus genios mercadotécnicos, de sus escritores postbukowskianos, de sus charolastras reconvertidos, pero sobre todo de Sal Thomson, creativo de la agencia más importante del país que escala a las mayores alturas para caer al infierno del desempleo, enrolarse en el crew de producción de un documental sobre una etnia sagrada del desierto del altiplano, donde sufren un secuestro y una golpiza a manos de sicarios o policías, da lo mismo. El final deben averiguarlo ustedes, por supuesto. Sólo diré que esta novela, más allá de su prosa ligera y efectiva, es también un acercamiento a un grupo humano que, a pesar de su autosuficiencia, también tiene sentimientos —por eso les gustan tanto los gatitos.