Otra parte

Dictadores

El “Caudillo de España por la gracia de Dios”, Francisco Franco, fue dictador de 1939 a 1975 —¡treinta y seis años!—, cuando tuvo por fin el buen gusto de morirse. A pesar de que España ha sido históricamente un país conformado por distintas naciones —diversas tribus celtas y germanas, además de árabes y judíos en porcentajes significativos—, Franco abrazó la patraña de la conspiración mundial del judeomarxismo y el gran capital internacional para apoderarse del mundo, contra los que había que luchar a muerte. “Da leyes católicas, ayuda a la Iglesia, es un buen católico... ¿Qué más quieren?”, dijo de él el papa Juan XXIII. Franco fue vencedor en la sangrienta Guerra Civil —se calcula de 500 mil a un millón de muertos— con la ayuda del nazismo alemán, pero en la Conferencia de Hendaya de 1940 se negó a participar en la II Guerra con las potencias del Eje porque, le dijo a un Führer muy contrariado, la desgarrada España no estaba preparada para entrar en otra contienda y por ello decidía permanecer neutral. Hitler le confesó después a Mussolini que “preferiría que le arrancaran tres o cinco dientes antes que tener que soportar una vez más una entrevista con Franco” (George Roux, La entrevista Franco-Hitler en Hendaya, en el sitio de la Fundación Nacional Francisco Franco: www.fnff.es).

Integrista religioso, Franco impuso leyes como la de Responsabilidades políticas para perseguir y encarcelar a sus enemigos, muchos de ellos obligados a realizar trabajos forzados. Con la Ley de Represión al comunismo y la masonería enjuició a miles de republicanos, muchos de los cuales fueron condenados a prisión, a muerte o al destierro, previa confiscación de sus bienes. Mediante la Ley de vagos y maleantes el autoritarismo franquista torturó y asesinó a miles de homosexuales y a otros tantos los sometió a infames “tratamientos de rehabilitación”, pues eran considerados criminales a los que se les prohibía trabajar.

Leónidas Trujillo dio un golpe de Estado en 1930 y permaneció en el poder en la República Dominicana hasta 1961. Trujillo fue especialmente sanguinario con sus adversarios y se enriqueció al amparo de sucesivos gobiernos estadounidenses, hasta que fue asesinado en otro golpe militar. De común acuerdo con François Duvalier, el entonces demencial dictador de Haití, asesinó a 30 mil campesinos haitianos en 1958 arguyendo razones de “seguridad”. El asesinato a palos de las opositoras hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal en 1960 fue el colmo y el principio de su caída.

La historia de Pinochet, asesino de Allende y de la democracia chilena, es muy conocida. En 1989 un plebiscito lo echó del poder. Un plebiscito impensable en la Cuba actual.

Con 87 años, encorvado, con bastón y con el auxilio de un ayudante, la sombra de Fidel Castro reaparece en público. Después de medio siglo aferrado al poder, de la imagen del Castro corpulento, gran nadador e invencible en el basquetbol ya no queda nada. En 1959 la revolución cubana despertaba simpatías en todo el mundo, pero Castro muy pronto traicionó los principios democráticos que había defendido con el pecho inflamado, se declaró marxista y se puso bajo la tutela de la Unión Soviética. Castro castigó duramente a los opositores, mandó a la cárcel o al paredón incluso a ex camaradas suyos y estableció su propio Gulag: las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, en las que encerró a disidentes y homosexuales. Canceló las libertades de prensa, de organización fuera del Partido Comunista y de libre tránsito, y desde entonces ha culpado de todo al imperialismo yanqui. En México y en el mundo hay quienes lo admiran como si se tratara de un héroe.

En el México que trastabillea en su lento camino a la democracia hay quienes afirman —con ligereza, pero con libertad innegable y sin ser perseguidos, encarcelados o apaleados por ello— que vivimos bajo un Estado “fascista” y represor.....