Otra parte

Bonet, el ángel terrible

En otra época pudo haber sido cómplice de los surrealistas o de Guy Debord y el situacionismo. Seguidor de Hakim Bey y sus zonas temporalmente autónomas —espacios que eluden las estructuras formales de control—, puedo imaginarme a Rubén Bonet en derivas enloquecidas —Debord dixit— al lado de Sid Vicious o viajando a Las Vegas en el convertible de Hunter Thompson. Nieto de un anarquista, Bonet pasó la niñez y la juventud sin apreturas en Barcelona, cultivándose con la lectura de Kafka, Boris Vian, Borges, Sartre y Camus. Sus amigos, mozalbetes mayores que él, lo iniciaron precozmente en el reino de la noche, las mujeres, y las drogas, las que lo volvieron un experto en los estados alterados de la mente. Beneficiario de la movida, Bonet asistía en estado extático a los conciertos de Nico y Nick Cave y las bandas españolas y extranjeras de la new wave. “Buen hashís, buenos ácidos, mescalina... y muy baratos; casi me vuelvo loco”, recuerda este sobreviviente: un amigo y una ex novia murieron en esos días por sobredosis de heroína.

Llegó a la Ciudad de México en 1992 y desde entonces hizo de este país su vasto laboratorio existencial. Ha vivido en Tijuana, Xico y Guadalajara y ha dejado su huella en playas, montañas y desiertos como el de Real de Catorce, donde, en busca de peyote, acabó con los labios suturados por traicioneras púas de otras cactáceas.

Quienes han atestiguado los sorpresivos performances de Rubén Bonet no podrán negar que son una mezcla de arrojo suicida, una comicidad extravagante y una provocación que va de lo guarro —quema de vellos púbicos— a lo sublime, en los que no faltan hirientes imprecaciones o súbitas declaraciones de amor. Arrojarse a los pies de una beldad en una inauguración mientras acaricia y besa sus tobillos; hacerse perseguir por la policía y rendirse para reconocer que merece la cárcel o asomarse a la ventana del departamento de un amigo y pedir auxilio porque lo tienen secuestrado ahí. Bonet es lo más parecido que hay a un ángel terrible arrojado al infierno.

Sabe arreglárselas con poco dinero. Disfruta como un gourmet un plato de arroz con un huevo estrellado y es feliz si cuenta con unos pesos para una cerveza. Una vez Bonet recorrió a medianoche el trayecto de su casa a un Oxxo gritando a los cuatro vientos su contento por tener un pequeño capital que le permitiría sobrevivir unas semanas más. Expansivo y vital, sin complejos ni prejuicios, cultiva la amistad y, sobre todo, la lealtad. Y, como escritor y terrorista literario, es de los raros en México que traslada a las letras su agitada experiencia personal cargada de libertad, inesperadas reflexiones y un humor indefinible.

Rubén Bonet es autor de amebas y logaritmos (Tijuana: La Espina Dorsal, 1998), sin título. sin nada (México: Nitro/Press, 2000) y de “pite hasta que choque. ensayo modular # 5” en el volumen colectivo Me ves y sufres (México: Nitro/Press, 2003), además de Jaikús maniacos (México: Moho, 2009), una colección de aforismos, ensayos y narraciones de peculiar ortografía que irritarían al más plantado de la adocenada República de las Letras. Para acercarse a la experiencia Bonet puede visitar su atalaya digital: fundacionadopteaunescritor.blogspot.com, aunque, como él mismo dice en su nuevo libro, “cualquiera que me conozca sabe que mi seriedad consiste en que precisamente es imposible tomarme en serio”.