El suicidio de Andrés Caicedo

El rechazo de Dorothy Wordsworth al poeta y futuro filósofo Samuel Taylor Coleridge, cuando éste tenía 28 años, detonó una personalidad melancólica que lo abrumaría el resto de sus días. A su poema “Abatimiento: una oda” pertenecen estos versos: “Una pena sin punzada, hueca, oscura, sombría. / Somnolienta, sofocante, desapasionada pena / que no encuentra fin ni consuelo / en palabra, suspiro o lágrima”. Depresivo, adicto al opio, el también crítico inglés murió de un infarto en 1834.

Esos versos de Coleridge podrían haber sido compuestos por el escritor colombiano Andrés Caicedo, que se suicidó tomando sesenta pastillas de seconal, barbitúrico de efectos sedativos e hipnóticos y depresor de la actividad cerebral, la droga justa para ese nervioso joven de melena y rostro fino como el de una virgen con lentes de pasta que no cesaba de escribir novelas, cuentos y guiones para cine, y que había declarado que vivir más allá de los 25 años era una insensatez. Cuando niño se ganó fama de mentiroso pues contaba aventuras fantásticas y se inventaba genealogías familiares descabelladas. Eso y su conducta insolente le valieron la expulsión de varios colegios, aunque pudo graduarse de bachiller en 1968. A los 25 años, una tarde de marzo de 1977, después de recoger en el correo un ejemplar de su novela ¡Que viva la música!, huyó definitivamente al país de los muertos —ya lo había intentado en dos ocasiones un año antes—, dejando un legado de miles de cuartillas en un baúl en la casa familiar y un montón de libros cuya originalidad y realismo son valorados por nuevas generaciones de escritores en su país y fuera de él.

Nació en Cali, en 1951, y aun en la adolescencia ya era cinéfilo, ávido lector y fan de los Rolling Stones. Antes de los veinte años ya había escrito decenas de cuentos y obras teatrales y montado piezas de Ionesco y José Triana, y hasta tenía una adaptación de Moby Dick. Fundó un cineclub y la revista Ojo al Cine, que con apenas cinco números se convirtió en 1974 en la publicación especializada más importante del país. Ese año viajó a Estados Unidos con la ilusión de venderle al prolífico director Roger Corman cuatro guiones para largometrajes, sin éxito, aunque pudo entrevistar a Sergio Leone y ver una película tras otra. En ese año empezó a escribir su única novela completa, ¡Que viva la música!

Alberto Fuguet, creador del grupo literario McOndo y coeditor del libro de relatos del mismo nombre (de 1996), que se oponían al ya largo reinado del creador del realismo mágico y sus epígonos en el mercado literario, dijo del turbulento escritor colombiano: “Caicedo es el eslabón perdido del boom, el enemigo número uno de Macondo. No sé hasta qué punto se suicidó o acaso fue asesinado por García Márquez y la cultura imperante en esos tiempos. Era mucho menos el rockero que los colombianos quieren, y más un intelectual. Un nerd súper atormentado. Tenía desequilibrios, angustia de vivir. No estaba cómodo en la vida. Tenía problemas con mantenerse de pie. Y tenía que escribir para sobrevivir. Se mató porque vio demasiado” [en el diario chileno La Tercera, 22-II-2008]. Adicto salvajemente a la cocaína y otras drogas, indeciso ante su sexualidad —con sus amigos Clarisol y Guillermito había integrado un alocado triángulo amoroso, una “pandilla maldita”, como escribe Juan José Sandoval en su blog Barrunto—, Caicedo, tartamudo, además, pensó que estaría mejor durmiendo en una tumba.