Todos los sueños del mundo

No es suficiente el trato o el intercambio por el correo electrónico o alguna de las redes virtuales, no: a los amigos hay que verlos, abrazarlos, escucharlos de viva voz, estudiar sus gestos y festejarlos, aquilatar las razones por las cuales se les quiere y admira: por su ingenio, su inteligencia, su generosidad, y muchas veces por estos y otros motivos como la elegancia, la sabiduría y la cordialidad. Pero, ¿qué hacer cuando los amigos están lejos, a unas pocas horas de distancia? ¿Qué hacer ante una noticia impertinente y cruel que irrumpe en la pantalla para gritar que ese amigo al que no se veía hace meses decidió quitarse la vida?

¿Por qué hizo eso Fernando Paredes Milonás? Muy posiblemente nunca lo sabré. Y aunque supiera las razones nunca las entendería. No podría comprender qué lo orilló a patear este mundo y dejar a su suerte a una mujer amorosa y una hermosa chiquilla. Leo sus cuentos y crónicas en busca de una pista, un indicio. ¿Cuál de sus demonios lo arrastró al infierno?

Miro las fotografías reunidas por su esposa en el blog donde ella, paciente y ordenadamente, volcó toda su obra y sólo veo un tipo afable, bien parecido, entregado a su escritura y a sus labores en el Centro de Investigaciones y Estudios Literarios de Aguascalientes. Nos conocimos en 2011 en Zacatecas, después de haber intercambiado mails y unos textos durante unos años. Allá me contó de la biografía que preparaba del poeta aguascalentense Víctor Sandoval y de más proyectos literarios (“Los escritores siempre estamos trabajando en un proyecto. Es decir, proyectándolo”, dijo en una entrevista). Con treinta y cuatro años parecía destinado a tener un sitial decoroso en las letras mexicanas, pues su obra, original, rara, punzante, se acrecentaba día con día –aunque también se dolía sarcásticamente de su condición de escritor mundialmente desconocido.

Releo sus relatos mordaces y descubro que apenas conocía una parte de su obra, pero encuentro también, con triste satisfacción, que Fernando era como yo lo intuía: un retrato armado a partir de una breve caminata por una callejuela zacatecana y un par de horas conviviendo con poetas y escritores de Tlaxcala, de San Luis Potosí, de Guadalajara, y de las imágenes que me sugieren la lectura de sus textos sorpresivamente procaces, sinceros, no pocas veces dolorosos y cargados de humor amargo. En una entrevista que le hizo su amiga Julieta Barros sobre literatura y arte contemporáneo Fernando Paredes responde con dardos certeros:

–¿Qué papel ocupa el espectador en el arte actualmente?

–El del ignorante.

–¿Qué temáticas manejas en tu obra?

–Econometría, urbanismo, papiroflexia, repostería zen, aromaterapia, alpinismo, Office 2003, jurisprudencia, contextos sociopolíticos, música de los ochentas y un poquito de veterinaria.

Al final Fernando, al referirse a los escritores y artistas jóvenes de su estado, expresa su desconcierto: “Ahora, con el Internet, yo no sé por qué siguen esperando un salón o una beca. A la red puedes subir todo: pintura, música, fotografía, diseño, video, literatura. Lo que quieras. Puedes hacer llegar tu obra a ojos de gente en todo el mundo y conectarte con editoriales, museos, productores, coleccionistas, escuelas... No salen por apáticos”.

En el blog aristidemo.blogspot.com su esposa incluyó un link al poema Tabaquería, de Pessoa, cuyas primeras líneas dicen así: No soy nada./ Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./ Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. Creo que Fernando podría haber firmado esas líneas. Nació en Aguascalientes el 7 de noviembre de 1977 y decidió irse de aquí el 10 de abril de 2012. Lo recuerdo con frecuencia.