El mito de la raza aria

En la Europa del siglo XIX el antisemitismo -entre otras razones- llevó a algunos pensadores a buscar en otra parte que no fuera el Edén bíblico y protojudío el origen de la humanidad. Voltaire creía que "todo nos había llegado de orillas del Ganges", dice el historiador y músico inglés Joscelyn Godwin en El mito polar [Girona: Atalanta, 2009].

Kant simpatizaba con esta idea pero ubicó en las alturas del Tíbet la cuna del género humano, lo mismo que Herder, el teólogo y filósofo creador del movimiento Sturm und Drang (Tormenta e Impulso). El conde de Buff on, autor de la monumental Histoire Naturelle (44 tomos, 1749-1788), también rechazaba la autoridad bíblica, pero no acertaba a proponer el lugar de origen del hombre. Esta indiofilia o nostalgia por el Este inspiró ciertos trabajos de Nietszche -admirador de la Persia del Zend-Avesta-, Schopenhauer y Wagner. De esta manera los románticos alemanes trataban de romper los "grilletes judeocristianos", lo que también los hizo revalorar a las primitivas tribus teutónicas y a sus descendientes, los godos, causantes en buena medida de la caída del Imperio romano -cuyos vestigios constituyen hoy el Vaticano, sede de la Iglesia católica.

¿De dónde habían venido esas tribus? Las investigaciones asiáticas de la British School of Calcutta ofrecían un mundo muy atractivo y, para muchos, superior en términos morales y filosóficos al bíblico. Los alemanes vieron ahí la oportunidad de vincular sus orígenes a la India y romper los lazos con los mitos semíticos y mediterráneos.

La filología y la lingüística enseñaban que las lenguas europeas tenían un origen común en un antiguo idioma del norte de la India, el sánscrito, y que el hebreo, por tanto, no era la lengua madre. En su estudio de 1808 Sobre la lengua y la sabiduría de los indios, Friedrich von Schlegel reflexionaba en torno a cómo pudo llegar la influencia india a Escandinavia y dar forma a sus lenguas; apuntaba que los antiguos indios veneraban el Norte y la montaña maravillosa de Meru, localizada en el Ártico. Schlegel concluía que los indios y los nórdicos eran parte de una sola raza y así, en 1819, los bautizó con el nombre de arios -Herodoto llamaba arioi a los antiguos persas-, y no sólo eso, sino que relacionó etimológicamente ese vocablo con la palabra alemana Ehre, que significa "honor". De este modo, los alemanes y sus ancestros, los indios, escribe Godwin, "resultaron el pueblo del honor por excelencia, la aristocracia de la raza humana".

Este tipo de estudios continuó con autores alemanes que ensalzaban los orígenes indogermánicos y colocaban a Zoroastro por encima de Moisés.

Uno de ellos, Christian Lassen, comparó a los "honrosos indoeuropeos germánicos" con los "egoístas y afilosóficos semitas", mezclando en su libro Antiguas enseñanzas de la India (1847) los explosivos ingredientes del mito de la superioridad racial: la raza blanca es más fuerte y biológicamente superior. Posteriormente, entre 1850 y 1860, el filólogo Max Müller propuso el uso general del término ario en vez de indogermánico para incluir a británicos, franceses y otros pueblos europeos. La tajante división entre ario y semítico pasó a formar parte del bagaje intelectual de la Europa decimonónica.

Por ese entonces la teoría de la evolución de Charles Darwin (publicada en 1859 con el título de El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida) ya era popular entre la intelectualidad, y una parte de ella adaptó de manera mecánica y oportunista a los postulados racistas las nociones de la lucha por la existencia y la supervivencia del más apto. En los cuatro tomos de su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, de 1853-1855, el conde de Gobineau lamentaba que debido al mestizaje la raza blanca había perdido su pureza, pues fuera de la región que comprende la Gran Bretaña, Alemania, Bélgica y el norte francés los arios se habían mezclado con las razas negra y amarilla. En la segunda década del siguiente siglo los nazis empezaban a creer que la hora de la purificación estaba ya muy cerca.


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