El humorista incómodo

Fue censurado por la policía zarista y después por los bolcheviques pues, como saben, el poder de uno y otro signo no tolera la sátira ni el humor, especialmente cuando viene en dosis muy ácidas. Arkady Avérchenko tuvo una vida breve pero agitada y muy divertida —aun con el accidente que le atrofió un ojo cuando era niño y que le sería extirpado ya en la madurez.

Murió en Praga al poco tiempo de esa operación, debido a complicaciones cardiacas y renales, en marzo de 1925.

Había nacido muy lejos de allí, en Sebastópol, a orillas del Mar Negro, el 27 de marzo de 1881, de padres comerciantes que no tardarían en arruinarse. Sus hermanas se encargaron de su educación y a los quince años decidió buscar fortuna lejos del pueblo.

En Járkov, mientras trabajaba como minero, empezó a escribir ensayos y artículos humorísticos y descubrió su vocación por la publicidad y la edición. Abandonó la mina para entregarse a la edición de la revista satírica La Bayoneta, hasta que fue censurada, y se mudó a San Petersburgo para publicar La Espada, que sólo duró cinco números.

Colaboró entonces en La Libélula, donde Chéjov había publicado sus primeros cuentos, a la que convertiría en una nueva revista más osada y moderna: El Satiricón.

La popularidad de Avérchenko creció rápidamente, al igual que la revista y la colección de libros de humoristas y escritores “serios”, cuyos tirajes llegaron a sumar dos millones de ejemplares.

Hecho a un lado por los accionistas de la exitosa revista, Avérchenko fundó el Nuevo Satiricón, que dirigió de 1913 a 1918, cuando fue prohibida por los bolcheviques, que ignoraron las sutiles críticas de Arkady y sus revistas al zarismo y exigían de los escritores y artistas una obra comprometida socialmente.

A “la falta de cerebro” del gobierno del zar, decía Avérchenko, se oponía ahora la ortodoxa ferocidad ideológica de los revolucionarios de Lenin. Abandonó el país con dirección a Estambul y recorrió Europa, estableciéndose finalmente en Praga.

Es una pena que este periodo no sea descrito en su brevísima y paródica Autobiografía —de la que comparto las líneas iniciales: “Quince minutos antes de nacer, todavía no me enteraba de que me darían a luz. Contar esto es una nimiedad, es cierto, pero quiero adelantarme por lo menos un cuarto de hora a otras personas de valor, quienes, sin salirse del tópico, consideran que la autobiografía debe comenzar con su nacimiento”.

Descubrí a este escritor gracias al editor tapatío Felipe Ponce, quien tuvo el buen tino de publicar Humor para imbéciles [Arlequín, 2010], de este autor ruso, una compilación de diecinueve relatos hilarantes —la mayoría eran inéditos en castellano— cuya brevedad y concisión favorecen un humor sorpresivo que ironiza sobre la estupidez que iguala a hombres y mujeres sin importar su condición social ni su actividad; el “alma” del pueblo ruso también es blanco de su mordacidad, así como la solemnidad del lenguaje de la política, la filosofía y hasta de la poesía galante.

El inicio de “El rayo” anticipa una historia desternillante: “El pequeño pueblo minero de Isáevski es famoso por la variedad de diversiones que ofrece. Sus habitantes no pueden quejarse, pues cada semana sucede algo interesante, por ejemplo: el empleado Palánkinov se emborracha y su jefe le pone una paliza; la vaca del señor Shtegéirov enloquece y arrasa con medio pueblo; al hijo de la cocinera se lo comen los cerdos… en fin, la gente nunca se aburre”. El lector, créame, tampoco se aburrirá.