El deporte y la guerra

Uno de los espectáculos que más feliz me hacían cuando era chico es el de las Olimpiadas. Esperar cuatro largos años para disfrutar las apasionantes proezas de los atletas era demasiado para un niño al que su padre le había inculcado una veneración por la historia de los Juegos, creados por los antiguos griegos siglos antes de la era cristiana. Recuerdo al etíope Abebe Bikila, integrante de la guardia imperial de Haile Selassie, que corrió descalzo la maratón en los Juegos de Roma en 1960, consiguiendo el oro, y que lo volvió a hacer en Tokio cuatro años después, esta vez con calzado. En los Juegos de México abandonó a los 17 kilómetros, afectado por la altitud. Recuerdo el impresionante salto de espaldas de Dick Fosbury, el vuelo de Bob Beamon en salto de longitud, los puños en alto con guantes negros de Tommie Smith, oro, y John Carlos, bronce, en la ceremonia de premiación en el estadio olímpico de Ciudad Universitaria... Recuerdo a la checa Vera Cáslavská, la reina de los Juegos en México y su activismo contra la intervención soviética en su país y que a la caída del comunismo fue consejera del presidente Václav Havel. Entendí también que los Juegos no eran un mundo aparte del de la política y los conflictos en casi todos los países que participaban.

Los Juegos Olímpicos me siguen pareciendo un espectáculo cautivante. Debo confesar, como lo hice ayer en Facebook, que me conmovió, mucho, la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Ver desfilar a delegaciones minúsculas de países tan pequeños como Tonga, Tuvalu o Timor Oriental —de los que nunca se acuerda uno, o que ni siquiera sabía que existían—, y a todos los demás, con sonrientes caras de todos los colores, además de la delegación de los refugiados. Pensar en la violencia que azota o ha azotado a todos ellos, en la corrupción de sus gobiernos, en los desastres naturales o en las guerras fratricidas... Ver desfilar bailando a los ugandeses, por ejemplo, casi me arranca unas lágrimas —me aguanté porque estaba en el gimnasio—: ¿eran hutus, tutsies? Qué importa... Los deportistas que bailotean y saludan efusivamente a la cámara, las que tiran besos y hermosas sonrisas al televidente, la alegría por estar ahí y competir. Qué fiesta monumental. Pareciera que nunca ha habido guerras en Ucrania o en la Europa central ni masacres en África o en Centroamérica. No que no haya corrupción en el mundo olímpico, pero al menos no existe esa violencia que tiene al mundo paralizado, sin saber qué hacer. El deporte es la política y la guerra por otros medios.

Aunque, como dice la académica Reneé de la Torre, “La olimpiada está atravesada por múltiples proyectos que son contradictorios: uno loable es ser sede de un encuentro universal a través del deporte, otro es generar un discurso emocional que incluso desea concientizar sobre la biodiversidad; uno más es ser el culmen de múltiples esfuerzos por conquistar un récord, competir o estar ahí; otro es ser la oportunidad de mostrar una nación al mundo que desea ser vista como oportunidad de progreso, biodiversidad, folclorismo y multiculturalismo, y finalmente, una que molesta mucho a brasileños es haber sido la oportunidad de una corruptela y del desvío de presupuesto que no justifica el abuso de una noche loca de imaginería y fastuosidad a costa de falta de servicios públicos. Un ejemplo: Brasil se proyectó como multicultural, a la vez que prohibió la presencia de religiones afrobrasileñas en el complejo de la villa olímpica con un oratorio multirreligioso”.

Las Olimpiadas no existen en un mundo aparte, es cierto, pero a veces nos hacen pensar que puede haber un mundo en el que las diferencias se diriman limpiamente, sin sangre.

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