De crónicas y mentiras

La narración nació con el hombre mismo. En eso pensaba cuando era niño y mi abuelo nos contaba leyendas del viejo Torreón y poblados aledaños. "Un espectro se ve exactamente como nosotros, no son transparentes ni tienen el rostro desfigurado", nos confió una noche en que lo escuchábamos fascinados y aterrorizados, quizá la última vez que lo vi. En algún libro leí que la especie humana se había esparcido por el mundo más fácilmente gracias al lenguaje, pues siempre había una avanzada que exploraba paisajes lejanos y regresaba para describir a la tribu lo que había visto. Lo mismo que harían miles de años después los viajeros que recorrían vastas extensiones de un mundo nuevo para ellos y todo lo registraban: "Prisionero en Génova", escribe Carolina Depetris en su libro La escritura de los viajes. Del diario cartográfico a la literatura, "Marco Polo dictó sus memorias a Rusticello porque 'sería gran desgracia no quedaran por escrito todas las grandes maravillas que vio o recibió por verdaderas' durante su travesía por Oriente". No es difícil colegir que en esta pulsión se encuentra el germen de la literatura y del periodismo y de no pocas ciencias que parten de la observación, pues, como dice Depetris, "observar es el complemento necesario del viaje y su escritura, y estas tres actividades lo son del conocimiento: viajar y observar para conocer otras realidades, escribir para transmitir lo conocido". Por eso Marco Polo afirmaba que presentaría "las cosas vistas como vistas y las cosas oídas como oídas, de suerte que nuestro libro sea sincero y verdadero sin mentira alguna, y para que sus palabras no puedan ser tachadas de fábulas".

De un tiempo acá los cronistas se han vuelto una fauna prolífica y diversa, y los hay que respetan hasta donde es posible la sugerencia de Marco Polo y los que inventan y retocan aquí y allá sus crónicas para volverlas más literarias o más efectivas en términos periodísticos —a la vieja y noble crónica ahora la llaman "periodismo narrativo"—. Es célebre la maliciosa pregunta que García Márquez le hizo a Kapuściński: "Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?". Aquí la anécdota:

"[...] García Márquez preguntó:

—¿Tiene derecho un periodista a "pintar" una lágrima en los ojos de una viejecita triste que aparece en un reportaje, aunque en la realidad no llegara a verter esa lágrima? "Pintarla" para reforzar el efecto literario.

La mayoría opinó que hacerlo sería una "traición periodística". Pero el autor de Cien años de soledad, a quien se le ha cuestionado, por ejemplo, la veracidad de una de sus crónicas más célebres ("Caracas sin agua"), atajó:

—El periodista tiene derecho a pintar esa lágrima para reflejar mejor la atmósfera del momento, el estado anímico del personaje descrito. ¿Dónde está la traición? Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?"("Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?").

¿Sólo a veces? La nota no dice si Kapuściński se sonrojó un poco. "Las cosas no son como ocurrieron, sino como uno las recuerda", dice el Nobel colombiano a manera de justificación. Pero ¿hasta dónde puede llegar esa traición? Kapuściński la llevó muy lejos, si hemos de creerle a su paisano Artur Domosławski en la biografía no autorizada Kapuściński Non–Fiction (2010), donde da cuenta de las invenciones del celebrado periodista polaco, con las que edificó su propia leyenda:

"Movía sus influencias políticas para poder viajar y escribir sobre lo que le interesaba, negociaba la publicación de sus reportajes con los censores del Comité Central del Partido Comunista, pudo trabajar con soltura gracias a la "amistad" entre el bloque socialista y el Tercer Mundo, no fue amigo del Che ni de Allende ni de Lumumba, "adornó y le echó imaginación" a El emperador, aceptó que mutilaran El Sha con tal de que se publicara en Estados Unidos sin provocar incomodidades, colaboró con los servicios secretos (aunque sólo con algunas notas que carecían de verdadero interés)".

Probablemente los libros de El reportero del siglo se seguirán vendiendo y su leyenda seguirá creciendo, no importa que esa leyenda se haya construido con cimientos endebles y más artificiosos que periodísticos. La escritora etíope Maaza Mengiste dice, a propósito de El emperador:

"Él no dijo que el libro era una alegoría cuando fue publicado, dijo que era un reportaje. Aseguró hablar con las personas cuyas iniciales presenta y que nunca han sido identificadas. Asegura que tenían nombres para el emperador que nunca pudieron haber existido en amhárico. Hace afirmaciones sobre el emperador que muchos han demostrado como falsas. Los académicos etíopes han estado hablando sobre las falsedades en El emperador desde que fue traducido al inglés. No puedo excusar a Kapuściński por eso y por las otras maneras en las que contribuyó a estereotipar la comprensión que se tiene de la gente de África. Demasiadas personas murieron durante la revolución para permitir que esas imprecisiones, a título de periodismo, sean simplemente alegorías que representan a otro país" (Anna Styczyńska, "Una novela sobre la revolución etíope. Entrevista con Maaza Mengiste", Replicante).


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