La "ciencia" nazi

El Tercer Reich, que debería haber durado mil años, según Hitler, fue un apretado periodo –1933 a 1945– de terror e irracionalidad. El precio por haber inventado el arrogante mito de la supremacía aria y sus deseos de conquistar el mundo fue una estrepitosa derrota y el suicidio del Führer –enfermo de Parkinson, frustrado y enloquecido por la debacle–, de su mujer Eva Braun y de sus más allegados colaboradores.

La locura también alcanzó a la ciencia y la tecnología. La proximidad de la guerra aceleró la investigación encaminada a construir una bomba atómica antes que los aliados y a desarrollar poderosos aviones, tanques, submarinos y bombas, y es cierto que lograron avances considerables gracias a la enorme ventaja que le habían dado eminentes científicos como Wilhelm Roentgen (Premio Nobel en 1901), David Hilbert (matemático), Max Planck (Premio Nobel en 1918), Fritz Haber (judío, Premio Nobel en 1918), Max Born (judío, Premio Nobel en 1954), Wolfgang Pauli (Premio Nobel en 1945), Werner Heisenberg (Premio Nobel en 1932) y, entre muchos más, nada menos que Albert Einstein (judío, Premio Nobel en 1921). En la Alemania de entreguerras, a pesar del antisemitismo rampante, los judíos eran ciudadanos como cualquier otro y estaban lejos de mostrar el más mínimo indicio de inferioridad: la población judía era de apenas 600 mil personas pero su presencia entre el profesorado era de entre 20 y 25 por ciento en las ramas de ciencia y física. A la llegada de los nazis al poder las universidades fueron purgadas de profesores y científicos judíos o casados con judíos o con algún ascendiente judío, muchos de los cuales lograron huir a Inglaterra y Estados Unidos, donde prosiguieron sus investigaciones. La investigación, sobra decir, quedó en manos de científicos que colaboraron con los nazis.

El físico holandés-estadounidense –y también de origen judío– Samuel Goudsmit (1902–1978) fue el director científico de la Operación Alsos (arboleda, en griego), una rama del Proyecto Manhattan que fue creada para investigar el proyecto alemán de energía nuclear y tratar de averiguar hasta dónde llegaban los progresos nazis en la fabricación de una bomba atómica. En su libro Alsos, publicado en 1947, Goudsmit asegura que los alemanes fracasaron porque la ciencia no puede florecer en un Estado totalitario –la Unión Soviética fabricaría su primera bomba en 1949 con tecnología robada a los estadunidenses: dos científicos espiaban en Los Álamos para Stalin– y porque los alemanes no pudieron comprender cabalmente cómo hacer una bomba atómica. A la fecha sus tesis se siguen discutiendo.

En Los científicos de Hitler. Ciencia, guerra y pacto con el diablo (Paidós, 2005), el historiador inglés John Cornwell repasa con mayor amplitud el tema y recoge anécdotas y casos como el de Fritz Haber, que desarrolló armas químicas durante la Primera Guerra Mundial y a quien Hitler repudiaría después por su origen judío, o el de los físicos Philipp Lenard y Johannes Stark (Premios Nobel en 1905 y 1919, respectivamente), que declararon la guerra a la “física judía” y apoyaron entusiastamente no solo la expulsión de los judíos, sino experimentos aberrantes en aras de la “higiene racial”. Cornwell cuenta la famosa anécdota de la logia Deutsche Physik (Física Alemana) y su panfleto Cien científicos contra Einstein, y la ingeniosa respuesta del simpático autor de la Teoría de la relatividad: “¿Por qué cien?, si hubiera estado equivocado habría bastado uno solo”.