"Los chairos"

En los años sesenta un chairo o chaqueto era un adolescente del que se creía que se masturbaba mucho y por eso estaba siempre absorto o distraído (chaira: chaqueta). Para llegar a la acepción hoy tan en boga la palabra sufrió una transformación significativa, quizá, de permanecer en desuso o agazapada.

La publicista Tamara de Anda le dio un impulso decisivo al vocablo en su blog Plaqueta y ya cuando en 2004 escribía frases como ésta: “Me dio sueñito tumbador [después de tomar un par de cápsulas de valeriana] y puse mi cabeza en la almohada, fue como cuando me voy a dormir pacheca: la mente ya anda en interesantísimos absurdos oníricos, pero hay una parte despierta-consciente que los ve desde este lado y dice: se me trepa el chairo”. También se refería de esa manera a sus amigos de izquierda, fumadores consuetudinarios de mota, aunque la primera vez que calificó a unos estudiantes con ese mote fue en la preparatoria, relata en El Universal: “En la prepa, mis amigos y yo creamos/popularizamos el término chairo para referirnos a los neohippies que se instalaban en el mejor territorio de la escuela —la jardinera del patio central—, que eran bellos y seguros de sí mismos, que vestían atuendos mugroso–vaporosos a la moda, que iban a raves y comían tachas y ácidos, que viajaban a playas vírgenes —sin sus papás, obviamente—, que vivían en hermosas casas del sur de la Ciudad de México, que venían de escuelas como el Madrid o el Lancaster o alguna Montessori. Nosotros (...) nos burlábamos de ellos, porque nos parecían falsos, elitistas —lo eran, a pesar de proclamarse de izquierda e ir a las marchas con sus mejores ropas—, predecibles, mimados y con pésimo gusto musical” (blog Crisis de los treinta, 6 de mayo de 2014). De Anda hizo un corto en 2005 titulado, Los chairos, que se puede ver en YouTube (otro es El Chairo y algunas de sus falacias frecuentes).

Es ofensiva para muchos y quien la endilga a otro siente superioridad intelectual respecto de esa persona; la palabra se ha popularizado gracias a los medios sociales y se usa para señalar a personas —mayoritariamente estudiantes, aunque no faltan periodistas, académicos, escritores y artistas— que reúnen características y afinidades como una vasta ideología izquierdista–anarquista con componentes hippies y hipsters y una especie de cosmogonía nacionalista, indigenista y poética, que se oponen o manifiestan contra “el sistema” y la globalización —contra el sionismo y el imperialismo estadunidense pero rara vez contra el chino—, afines a tendencias que se cuelan entre el abanico del altermundismo y que se tragan esta otra espesa sopa ideológica preparada con ingredientes como el falso decálogo de Chomsky, los libros de Eduardo Galeano y el diario del Che Guevara. Radicales, “conspiranoicos”, simpatizan con el socialismo del siglo XXI y el populismo filochavista de Podemos; creen en el dogma del “fraude electoral” de 2006 y 2012 decretado por López Obrador. Carmen Aristegui, La Jornada y otros medios son “independientes y críticos” en oposición a los medios vendidos al Gobierno y a Televisa.

Para ellos la violencia “anarquista” y el clamor guerrillero de los estudiantes de Ayotzinapa se justifican pues creen que vivimos ya en una dictadura fascista. No importa que los normalistas rechacen la enseñanza de la programación y del inglés ni que secuestren autobuses, bloqueen carreteras o incendien gasolineras y edificios. El chairo, como dice el periodista Luis Castrillón, “tiende a cerrar el campo de la visión social y de las actividades humanas y alejarse de la discusión de los matices: para ellos es blanco y negro, bueno o malo, verdad o mentira; no hay elementos intermedios ni variables que expliquen o demuestren un hecho. Se inclinan más por un reduccionismo factual de primera instancia, sin contexto”. Se asumen, pues, como el ejemplo mismo de la virtud y la ética, y quienes no coinciden con ellos son todos neoliberales o de derecha —lo que dio origen a su vez al término derechairo, no tan popular.