La causa palestina

A 20 kilómetros de la frontera con Israel, en las montañas de Mleeta, en el sur de Líbano, hay un parque temático llamado Museo de la Resistencia construido por la organización terrorista Hezbollah en el que se exhiben tanques, cañones y soldados camuflados para no olvidar la guerra entre Israel y el “partido de Dios” de 2007 ni la ocupación israelí de Palestina. A la inauguración, en mayo de 2010, asistieron personajes aparentemente tan dispares como el líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah, y el lingüista Noam Chomsky [Tom Freston, “Six Flags over Lebanon”, Vanity Fair, 25-IX-2102].

Chomsky se dice antisionista pero no antisemita, aunque mezcla verdades con prejuicios, mentiras y acusaciones. El lingüista no tuvo empacho en defender el derecho a la libertad de expresión de negacionistas como el propagandista neonazi francés Robert Faurisson y el judío antisemita Israel Shahak, convertido al cristianismo y autor de panfletos como Jewish History, Jewish Religion [1994], en el que exigía a los judíos que se arrepintieran de sus pecados y de los de sus ancestros. Hasta antes de su muerte, Shahak daba conferencias en varios países proclamando la maldad de los judíos, a los que el Talmud les enseña a ser criminales; el sionismo es, según él, el resumen de todas esas maldades. Ese panfleto está prologado por Gore Vidal y lleva en la portada un texto de presentación de Chomsky: “Shahak es un investigador sobresaliente, dotado de una perspicacia y profundidad de conocimientos notables. Su trabajo está muy documentado y resulta penetrante”.

A Faurisson ningún investigador lo toma en serio y sus “hallazgos”  sobre el Holocausto y otras “invenciones” de los judíos no son más que tonterías, como lo demuestran sus fuentes (titulares del sensacionalista rotativo británico Daily Express de la época, por ejemplo). Chomsky lo tomó en serio y lo defendió. No solamente escribió un texto que terminó siendo el Prefacio al libro de Faurisson Mémorie en Défense, sino que en una carta al historiador australiano Bill Rubinstein, que lo cuestionaba por ello, le respondió: “No veo implicaciones antisemitas en el hecho de negar la existencia de las cámaras de gas o incluso en el de negar el Holocausto. Ni tampoco es una implicación antisemita, per se, decir que se está aprovechando el Holocausto (crea uno que ocurrió o no) de forma agresiva, por parte de apologistas de la violencia y la represión israelíes. No veo ni un indicio de antisemitismo en el trabajo de Faurisson” [Chomsky, “The Faurisson Affair, His Right to Say It”, The Nation, 28-II-1981].

En el odio a los judíos y al Estado de Israel confluyen neonazis, antisionistas de derecha e izquierda y a extremistas islámicos. El odio palestino fue avivado con particular vehemencia por Muhammad Amin al-Husayni.Fuerte opositor al mandato británico y a la inmigración judía, instigó matanzas de judíos entre 1929 y 1936, con cientos de muertos en Hebrón y Safed, principalmente. Huyó a Berlín al comienzo de la guerra, donde promovió la formación de batallones de soldados bosnios y albaneses musulmanes; en 1942 trató de convencer a Hitler de que extendiera el exterminio de judíos a los territorios franceses e italianos del norte de África y de que bombardeara Tel Aviv, aunque ahí también había población árabe. Al término de la guerra huyó a Francia y luego a Egipto, desde donde azuzaba a los países árabes a lanzar ataques contra el recién creado Estado de Israel y llamaba a exterminar a los judíos. Un sobrino suyo, Yasser Arafat, fundó la organización política y militar palestina Fatah en 1959, que sería parte de la Organización por la Liberación de Palestina, fundada en 1964. Fatah fue responsable de numerosos y sangrientos ataques terroristas  y del asesinato de once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972. El célebre terrorista comunista Carlos, El Chacal, que se convirtió al islam, dijo en octubre de 2001 que la guerra entre palestinos e israelíes “es el epicentro de la guerra revolucionaria a escala internacional”.

El resto de la historia del conflicto entre árabes y árabes palestinos e israelíes ha sido cubierto por la prensa internacional con diversos giros y matices y desde intereses antagónicos. El Estado de Israel sufre en su interior la presión de grupos ultraconservadores y expansionistas, como también la crítica y la oposición de intelectuales y sectores progresistas y de izquierda  que exigen la paz y la creación de un Estado palestino o aun de un Estado binacional. Todo esto en medio de la agresión permanente de organizaciones islámicas fundamentalistas y terroristas que buscan borrar del mapa a punta de misiles a esa “entidad sionista”, que ha ocupado un territorio sagrado para el islam —Waqf— y por eso debe ser echada al mar. Cualquier “análisis” que omita estos factores es necesariamente parcial y perverso, y la exigencia de un “boicot cultural y comercial” contra Israel, país invitado de la próxima FIL de Guadalajara, es histeria de una izquierda chata y nada más. Ese “socialismo de los imbéciles” del que hablaba Engels.

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