Un anciano ciego y sabio

Los argentinos son unos pagados de sí mismos, dicen los mexicanos. Quizá. Pero lo que no admite dudas es que muchos escritores argentinos pasados y presentes se cuentan entre los mejores del mundo, siendo Borges el ejemplo paradigmático.

Alguien puso a circular por la red varias anécdotas que dan fe de su genio, uno que fue menospreciado por la pretenciosa academia sueca que concede a capricho los Nobel literarios. Las reproduzco aquí y doy crédito al anónimo cibernauta borgiano.

Una mañana de octubre de 1967 Borges imparte su clase de literatura inglesa cuando un estudiante entra y lo interrumpe para anunciar la muerte del Che Guevara. Exige que se suspendan inmediatamente las clases para, claro, rendirle un homenaje. Borges contesta que el homenaje seguramente puede esperar. Hay un clima de tensión. El estudiante insiste: Tiene que ser ahora y usted se va. Borges se niega y grita: ¡No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio! El estudiante amenaza con cortar la luz. He tomado la precaución, dice Borges, de ser ciego esperando este momento.

Una revista de actualidades reúne a Borges con el director técnico César Luis Menotti. Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de futbol todo el tiempo, cuenta Borges más tarde.

En Roma, 1981. Una conferencia de prensa en un hotel de la Via Veneto.

Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y Franco María Ricci. La última pregunta es: ¿A qué atribuye que todavía no le hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura? Borges responde: A la sabiduría sueca.

En 1983 un periodista de La Nación pide a Borges su opinión sobre la Guerra de las Malvinas. Absurda, contesta el escritor. Estoy triste, muy triste. Mandaron a esos pobres muchachos de veinte años a morir al sur. Tener veinte años y pelear contra soldados veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el crucero General Belgrano murieron cientos. Claro que los militares dirán que al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que les convenga ese argumento...

En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor. En el velorio una mujer da el pésame al hijo: Peeero... pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes de cumplir los cien años. Si hubiera esperado un poquito más. Y Borges le dice: Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal.

Borges y un joven escritor debaten sobre literatura y otros temas. El escritor joven le dice: Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista. Borges contestó: ¿Cómo que no? Yo también soy ciego.

En una reunión sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba Iturburu, que la presidía, inquirió a gritos: ¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes poetas? Desde el fondo llegó otro grito, éste de Borges: ¡Disuadirlos!

El poeta Eduardo González Lanuza, uno de los introductores del ultraísmo en Argentina y gran amigo de Borges, descubre a éste en Florida y Corrientes, solo, con su bastón, esperando para poder cruzar. Lo toca y le dice: Borges, soy González Lanuza. Él vuelve la cabeza y, después de unos segundos, contesta: Es probable.

En la calle, un joven poeta se acerca a Borges y deja en sus manos su primer libro. Borges agradece y le pregunta cuál es el título. Con la patria adentro, responde el joven. Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodidad, dice el sabio ciego.


rogelio56@gmail.com