Salazar Mallén

Lo conocí al final de sus días en la oficina de mi padre. Hemipléjico desde la adolescencia, se trasladaba en una silla de ruedas al cuidado de una joven atractiva. Lo saludé sin saber quién era y me dijo que había leído La Regla Rota, una revista contracultural que publicamos Mongo Sánchez Lira y yo de 1984 a 1987. Quizá trataba con mi papá, editor, la publicación de algún libro —ya no lo sabré. Crucé apenas unas palabras con él y le agradecí su elogio del pasquín impreso en papel revolución. Maltrecho, cansado, sonreía como un santo. De haber sabido que moriría en unos meses —en 1986— me habría quedado esa tarde charlando con él. No le pregunté quién le había dado la revista, aunque probablemente fue José Luis Ontiveros, a quien le di un ejemplar una vez que llegó a mi casa acompañando al dibujante Eko.

Rubén Salazar Mallén, nacido en Coatzacoalcos en 1905, fue abogado, periodista y profesor universitario. Asiduo a prostíbulos e imbatible bebedor, escribió una docena de libros. "Si me lo preguntaran", decía de su obra, "yo diría que las novelas que he publicado pueden clasificarse en dos grupos. En uno de ellos cabrían las obras que se sustentan en la vida privada: Camino de perfección (1937), Soledad (1944) y La iniciación (1966). En el otro grupo habría que incluir las obras cuya base es la vida social: Páramo (1944), Ojo de agua (1949), Camaradas (1959), ¡Viva México! (1968), La sangre vacía (1982) y El paraíso podrido (1986). Claro que esa clasificación es convencional y relativa, porque en la novela, como en la realidad, la vida privada y la vida social se entrecruzan y hasta se imbrican". El periodista Jorge Luis Espinosa lo pinta de cuerpo entero en ocasión del casi olvidado centenario de su nacimiento: "Hombre de izquierda como de derecha, comunista y fascista a tiempo y destiempo, amigo de políticos como Miguel Alemán y de radicales como José Revueltas, periodista devastador y atento maestro de los jóvenes, Salazar Mallén vivió y agotó el siglo XX mexicano en casi todas sus aristas" ("Salazar Mallén, escritor corrosivo para el poder", El Universal, 8 de julio de 2005).

Desterrado de la República de las Letras por un dictatorial Octavio Paz ofendido por la acusación de oportunista, Salazar Mallén sufrió como un apestado agresiones y acusaciones de biempensantes y advenedizos (véase Rubén Salazar Mallén y lo mexicano, reflexiones sobre el neocolonialismo, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana, con prólogo, recopilación de textos y notas de José Luis Ontiveros, que contiene los ensayos y escritos periodísticos de Mallén). Su mal le valió los motes de Quasimodo o La Suástica, pues caminaba arrastrando una pierna y con un brazo tieso como una tabla. Desencantado del comunismo, abrazó el fascismo y más tarde se volvería anarquista. Pero para el exquisito mundo literario seguiría siendo un engendro de la reacción.

En 1932 publicó en la revista Examen, que dirigía Jorge Cuesta, dos capítulos de la novela Cariátide. En ellos Salazar Mallén utilizaba expresiones como "cabrones" y "jijos de la chingada", lo que escandalizó a periodistas y juristas que lo acusaron de "ultraje a la moral pública o a las buenas costumbres" y exigían su consignación. Pocos escritores lo defendieron, entre ellos Julio Torri, que dijo "que si aparecen algunas palabras malsonantes en un fragmento de novela, se deben al deseo de extremar la nota realista, y no a una deliberada y punible intención de inmoralidad". Al final, un juez resolvió que "aunque choquen al oído, [esas palabras] no son morales ni inmorales".

Escritor maldito, que arrojó a las llamas varios de sus manuscritos, dijo una vez: "Hemos venido a cumplir un destino". El suyo fue el de escribir sobre la miseria humana.

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