Scott Walker

Scott Walker (Hamilton, Ohio, 1944), ese tránsfuga del pop de los años sesenta que se apartó del estridente mundo de la fama y los conciertos en vivo para entregarse a largos periodos de silencio y, entre éstos, componer un corpus musical trágico y denso, impregnado de una tristeza irresistible, furiosa y desafiante.

Debo a la escritora y dramaturga Verónica Bujeiro el haber descubierto a este artista excepcional que había pasado casi inadvertido en el soundtrack de mi vida -conocía "Stormy" en la versión de Classic IV, pero no en la de este hombre atribulado que ha trascendido al siglo XXI con una obra exigente, dolorosamente consciente de una era deshumanizada y sin esperanza. En dos entregas de su columna "Aquí no es aquí" en la revista Replicante, Bujeiro ofrece una semblanza entrañable y cabal del enigmático cantante: "Situado en el panteón de los semidioses, el mito de Scott Walker cuenta que él poseía la gracia genética y una voz barítona capaz de sublimar y desencadenar una insurgencia hormonal en quien lo oyera. Rival férreo de los Beatles con sus Walker Brothers en las listas de popularidad, disfrutó de todas las prosperidades de la vida pop llevando por un corto tiempo la máscara de ídolo con orgullo y disipación. Pero los gritos de adoración y los reflectores comenzaron a perturbar su configuración de semidiós, desviando sus pasos hacia las tinieblas de los estudios de grabación, en donde comenzó a centrar el foco de su sonido hacia aquello que justamente el pequeño agente trataba de encubrir celosamente".

Con su grupo cantó melodías que ya iban a contracorriente de la esencia del pop, ese estereotipo alegre y vacío en la que los desencuentros amorosos, aun los más desgarradores, duran lo que una malteada en la fuente de sodas y la soledad apenas un fi n de semana. En las piezas de Th e Walker Brothers la vida es una tragedia con unos pocos raptos de felicidad. La versión que hicieron a la melodía de Bob Crewe y Bob Gaudio "Th e sun ain't gonna shine anymore" (1965) es emotivamente superior a la que había grabado Frankie Valli con su voz melosa y a otras posteriores como las de Cher y Neil Diamond, incluyendo la más reciente de Keane, un grupo en el que también permea la melancolía: "La soledad es un manto que te cubre, una sombra de profunda tristeza que está siempre ahí…".

En su interpretación de "Mathilde", la canción del salvaje belga Jacques Brel -una de sus mayores infl uencias-, Scott Walker, el rostro adusto, pesaroso, entona virilmente la historia de un amor sádico y pesadillesco:

"Madre, ¿ves lo que yo veo? Arrodíllate y reza por mí, Mathilde regresa a mí. Charley, ¿quieres otra cerveza? Esta noche beberé mis lágrimas, Mathilde regresa a mí. [...] Amigos, no me dejen solo esta noche, esta noche volveré a pelear, la maldita Mathilde ya está a la vista".

El mundo del pop cambiaba aceleradamente y el joven Scott Walker prefería encerrarse a leer a Sartre, ver películas de Bergman y Pasolini o estudiar música clásica. Trabajaría en solitario en una obra monumental que asombraría a artistas como David Bowie y Brian Eno. En el documental Scott Walker: 30 Century Man (Stephen Kijak, 2006) éstos y otros artistas -Ute Lemper, Radiohead, Marc Almond, Alison Goldfrapp, Damon Albarn- hablan de Scott Walker como una referencia necesaria de su propia obra. Loor a este genio taciturno y contrariado.

 

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