Mayo

A mi papá, cuyo genio era festivo, le gustaban los desfiles, los carnavales y las grandes concentraciones de gente, y nos acarreaba a todos los que podía: los de febrero, los del primero de mayo, 16 de septiembre y 20 de noviembre, incluso a algunas festividades navideñas, a pesar de ser ateo y comunista. Ahí estábamos en primera fila él y sus cinco hijos -a veces mi mamá prefería quedarse en casa-, en la avenida Niño Perdido de la Ciudad de México, en el Zócalo o en alguna plaza de un pueblo en los alrededores -Tláhuac, Milpa Alta- o del estado de Morelos -no sé por qué nunca cumplió su deseo de ir a vivir sus últimos años a Cuautla, al final prefirió el Torreón de su infancia. Nos compraba paletas de hielo, algodones de azúcar, buñuelos y dulces de leche con nuez. A veces unos camiones de madera, un par de muñecas de trapo para mis hermanas, disfraces: bigotes, pestañas, anteojos y grandes narices de plástico, banderas tricolores, cornetas, serpentinas y espantasuegras -qué buen nombre- y en ocasiones nos tomábamos fotos con fotógrafos callejeros. Llegábamos a la casa bañados en confeti o cubiertos de harina, para espanto de mi mamá.

Hoy ni mi padre ni mi madre me acompañan. Él murió en 2002 y ella se fue en 2010. Lo repetiré por enésima vez: parece que fue apenas ayer. En el jardín de niños y en la primaria nos enseñaban a hacer sencillos regalos para las madres. Además de eso siempre le regalábamos un dibujo o una flor el 10 de mayo. Pero si alguien sabía hacer objetos extraordinarios era ella.

Podía hacernos graciosos animalitos de trapo rellenos de borra y disfraces estrambóticos, y yo le pedía que me dibujara esos hermosos rostros de mujer que trazaba con el virtuosismo de un artista. Las primeras letras me las enseñó ella y al ingresar al kínder ya leía un poco. Me gustaba pasar las tardes a su lado. Sentada frente a su máquina de coser fabricaba pantalones, vestidos, manteles. Yo dibujaba o hacía fi guras mitológicas con plastilina y a veces la interrumpía para preguntarle el significado de alguna palabra.

Hoy los extraño más que entonces.

Vivir lejos de ellos acentuaba las ganas de verlos, de halagarlos con una buena comida, de recibirlos en casa -por separado, pues habían dejado de vivir juntos- y dejarles la recámara principal, hablar de la familia, de política o de simples chismes. Cada vez que voy a la casa de mi mamá me dedico a hurgar en los cajones de sus muebles y ver viejas fotografías, papeles, notas, credenciales, boletas de calificaciones, recados. No he encontrado ninguno de esos lindos dibujos que nos hacía… acaso mi hermana, que se llevó el álbum de fotos a Torreón, guardó algunos. A Torreón hace mucho tiempo que no voy. Cuando fui allá, unos días después de la muerte de mi padre, recorrí su pequeña casa llena de libros debidamente clasificados.

Más de diez mil volúmenes que mi hermana guarda en numerosas cajas y que algún día espero traer a mi casa en Guadalajara. Entonces tomé solamente diez ejemplares y regalé tres o cuatro a unos amigos. Tenían la portada ligeramente chamuscada por las llamas que mi padre, fumador imparable, había ocasionado por no apagar el cigarro antes de quedarse dormido.

En abril hacía mucho calor en dondequiera que nos encontráramos, y ya fuera en Torreón o en México siempre les preguntaba a mis papás cuándo llegarían las lluvias con su frescura. En mayo, respondían, y, efectivamente, en mayo llovía.


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