Manuel Moreno, 'in memoriam'

No es raro encontrar hombres maduros que van por la vida de la mano de una lozana veinteañera. El caso inverso no es tan común: guapas mujeres en sus cuarenta con jóvenes desenfadados, como Demi Moore y Ashton Kutcher hasta no hace mucho. Pero ver a un hombre en la plenitud de sus treinta y tantos enamorado de una respetable dama con setenta y cinco años a cuestas sólo sucede, si acaso, una vez en la vida.

Éste fue el caso del recientemente fallecido pintor jalisciense Manuel Moreno (Guadalajara, 1949) y de la impetuosa Carmen Marín, fundadora del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México (y hermana de Lupe Marín, quien fuera mujer de Diego Rivera y a la que éste dejó por Frida Kahlo). El insólito romance duró hasta la muerte de la guapa anciana, cinco años después, y a más de dos décadas de distancia, me confesó Moreno, aún la recordaba con pasión.

Sin embargo, para este artista arrebatado aquella relación fue algo normal en su azarosa vida. Desde niño abrazó su vocación y dibujaba febrilmente hasta la madrugada sin importarle el enojo de sus padres, quienes se veían obligados a quitarle la lámpara del buró. Fueron sus ganas de ser artista las que lo salvaron de una casi mortal hepatitis C y las que lo hicieron enfrentarse a su padre —unos tragos de tequila le dieron valor— al renunciar a la carrera de arquitectura que éste, con voz firme, le había sugerido estudiar.

El erotismo fue central en la obra de Manuel Moreno desde sus primeros trazos. Recuerda que dibujaba a Tongolele, a Ana Luisa Peluffo y a otras divas y rumberas del cine mexicano. Poco después pasó por la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara, cuyos maestros, dice, eran demasiado convencionales. Muy pronto su vida daría un vuelco total.

Hojeaba el pintor una tarde un ejemplar de la revista Siempre! y ahí descubrió reproducciones de cuadros de Sofía Bassi, entonces presa en Acapulco acusada por el homicidio de su yerno. Impresionado por la obra de la pintora y por la tragedia que vivía, Moreno decidió escribirle y, al cabo de un año, fue a verla a la cárcel. En la celda encontró también a Alberto Gironella, quien se encontraba de visita. El joven pintor les mostró sus trabajos y ahí arrancó su carrera profesional: los dos artistas lo enviaron con Merle de Kupper, quien le propuso exhibir en su galería de la Zona Rosa de la Ciudad de México.

Pronto llegaron más exposiciones y con ello el éxito, cierta fama y las reuniones con personalidades de la época: Renato Leduc, Lola Olmedo, Kati Horna, Leonora Carrington, Luis Buñuel y Luis G. Basurto, entre tantos otros. Viajó a su añorado París a probar suerte pero, dice, allá solamente tenían ojos para un terrible José Luis Cuevas. Un trastorno cardiaco lo hizo regresar a su país, donde la vida le deparaba algunas duras sorpresas. “Quizá nunca debí volver a Guadalajara”, concluye con cierta nostalgia. Sosegado, Manuel Moreno siguió pintando grandes cuadros en deuda con el surrealismo mexicano y plenos de humanismo, sensualidad homoerótica y energía vital.

Sentado en un café, Manuel Moreno dibujaba y anotaba frases y recuerdos todos los días en una libreta. Reunió cientos de ellas. Ahí se encuentra toda su vida. Pese a una grave enfermedad, Manuel pocas veces se arredraba y seguía brindando su afabilidad a todo mundo. Vivió para el arte y el placer, para el amor y la amistad. Me lo imagino exhalando el aliento final con una dulce sonrisa en los labios.

@villarreal56