Jimmy R. Fortson y las revistas de mi padre

Mi padre tenía una biblioteca más que respetable, acaso unos diez mil volúmenes, en su mayoría de literatura, pero con nutridas secciones de ciencia, historia, fi losofía y política, más la imponente enciclopedia de la UTEHA, en la que él había colaborado como corrector. Durante mi infancia yo pasaba horas en su cuarto revisando lomos de todos los colores y entresacando libros que aún no podía entender.

En la adolescencia escogía mejor los libros y le preguntaba a mi papá su opinión -los había leído todos, lector incansable desde su juventud. A veces yo lo acompañaba en sus correrías en busca de libros: íbamos de la Zaplana de San Juan de Letrán a El Sótano de avenida Juárez y luego atravesábamos la Alameda para ir a Libros Escogidos, entre otras librerías del centro capitalino que ya no existen.

No había día en que mi padre llegara sin uno o más volúmenes, además de revistas y diarios; entonces lo seguía para ver qué había traído a casa. En algunas ocasiones actuaba misteriosamente y no me dejaba ver lo que escondía en un paquete. Yo ya había descubierto dónde ocultaba algunos de sus hallazgos y, cuando me quedaba solo, hurgaba en el clóset para averiguar la razón de tanto secreto.

Así fue como descubrí, poco a poco, revistas como Vea, un tabloide impreso en color sepia con frondosas mujeres en bikini en la portada -y de la que James R. Fortson dijo que "era típica de peluquería y no eran más que fotos vulgares de chicas vulgares, que para cortarse el pelo no estaba mal, pero faltaba algo de más calidad"-, y Venus, ésta impresa en color azul.

Ahí estaba una edición de la Picardía mexicana, de Armando Jiménez, con sus cientos de chistes, dibujos y albures recopilados en la calle, en cantinas y baños públicos. La revista que más me gustaba se llamaba D'Etiqueta y era la versión nacional de la famosa Playboy de Hefner -aunque no tendría oportunidad de hojear un ejemplar de ésta sino muchos años después. En D'Etiqueta, además de las bellezas semidesnudas que me embelesaban, había artículos y entrevistas, la misma fórmula que repitió su director, James R. Fortson, en otra revista no menos inquietante: Caballero, donde conocí a los primeros amores de mi vida. Eran los años sesenta y la censura estaba a la orden del día. Fortson y sus revistas sufrieron los embates de un autoritarismo mojigato y anacrónico: Él, Él y Ella, Eros -donde se publicaron desnudos masculinos por primera vez en México.

Nunca conocí a Fortson, pero sí a su hijo Santiago, asiduo a los reventones de los jueves del Nueve, en la Zona Rosa. (Una vez llegó disfrazado de perro y dijo que venía del Festival de Canes.) En una extraordinaria entrevista que le hizo Juan Alberto Vázquez a Fortson -y a la que no hay prácticamente nada que añadir-, el reportero se pregunta: "¿Cuál James Fortson lo recibirá? ¿El ejemplar editor que logró conjuntar a colaboradores de la talla de Rius, Salvador Novo, Renato Leduc, Carlos Monsiváis, Serio Magaña, Fernando Marcos, Juan López Moctezuma, Alberto Isaac, Naranjo y Raúl Prieto (el entrañable Nikito Nipongo), entre decenas de luminarias más? ¿Al que muchos reconocen como el Hugh Hefner mexicano por combinar los desnudos con el arte y los temas de coyuntura? ¿O el cuatro veces ganador del Premio Nacional de Periodismo y lúcido entrevistador que en los ochenta sentó en su set de grabación a todas las estrellas que pasaron por los escenarios mexicanos desde Ginger Rogers hasta Paul Anka, Rocío Dúrcal, Silvio Rodríguez y Kiss? ¿Aparecería un ser resentido luego de que hace 21 años una funcionaria lo expulsó del Olimpo de los medios electrónicos donde se hallaba, o enfrentaría al hombre que le hizo 'la entrevista de su vida' a nuestro no Nobel, Carlos Fuentes?" ("Cara a cara con James R. Fortson", MILENIO Diario, 1 de diciembre de 2013).

Creo que el Fondo de Cultura Económica debería de publicar las revistas de Fortson, verdaderas joyas del periodismo, en una colección facsimilar.

rogelio56@gmail.com