La Habana sin artistas

Estuve en La Habana en 1981 y en 1984. Entonces era miembro del Consejo Mexicano de Fotografía, dirigido por Pedro Meyer, que había organizado dos ediciones del Coloquio Latinoamericano de Fotografía. El CMF había invitado a personalidades vinculadas al mundo de la fotografía y el arte cubanos a participar en esos encuentros, que fueron detonadores de una larga e impredecible cadena de relaciones -que se extiende hasta nuestros días- entre los cubanos y destacados editores, fotógrafos, artistas, críticos e historiadores de otras partes de América y Europa.

Korda, Raúl Corrales, Mayito, Pirole, Marucha y un contingente de fotógrafos cubanos expusieron su obra en Bellas Artes y en el Museo de Arte Moderno. Muchos de los que entonces participaron hoy expresan su repudio a la dictadura cubana, pero en aquellos tiempos la mayoría de los artistas e intelectuales mexicanos y de otros países comulgaban con el mustio régimen de Castro.

Al primer viaje la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba nos invitó al fotógrafo Pablo Ortiz Monasterio, a su esposa Marisa Giménez Cacho y a mí. El chofer que nos recogió en el aeropuerto nos depositó en la casa del fotógrafo y cineasta Mario García Joya, Mayito -camarógrafo de la mayoría de las películas de Tomás Gutiérrez Alea, Titón-, quien hoy vive exiliado en Los Ángeles. En su casa del Vedado había televisión a color con videocasetera, un equipo de sonido de alta fi delidad, horno de microondas y un gran refrigerador, lo que viene al caso mencionar porque no eran bienes que cualquier ciudadano de la isla pudiera comprar. Solamente los privilegiados de la nomenklatura o que trabajaban para ella, como Mayito, alto funcionario del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Mayito tenía un chofer negro, Juan Carlos, con el que hice buena amistad. Él y su novia Rafaela vivían en una endeble casona en el populoso barrio de Víbora, y carecían de los lujos que vi poco después de aterrizar. No sin pena, Juan Carlos me preguntó si me sobraban unos jeans o jabón de baño, un champú para la hermosa Rafaela.

Además de eso y pasta de dientes, le regalé una caja de Marlboro que me agradeció como si se tratara de un tesoro.

No solamente nos paseó por toda La Habana, sino que nos llevó a lugares que los turistas ni se imaginaban, como la discoteca subterránea El Gato Negro.

En México había trabado amistad con algunos de los fotógrafos y artistas cubanos, y en La Habana conocí a muchos más. Decenas de talentosos jóvenes que hoy, ya maduros y con reconocimiento, viven exiliados en México, Estados Unidos y Europa. Con amigos como Raúl Martínez, Jorge de la Fuente, Rogelio López Marín, Gory, José Bedia, Juan Francisco Elso -ya fallecido-, Flavio Garciandía y Ricardo Rodríguez Brey conocí el lado opuesto del paraíso cubano que nos pintaban los siberianos funcionarios de la UNEAC. Escasez, pobreza, racismo, represión, una burocracia grosera y terrible, omnipresente en todas partes: restaurantes, hoteles, ofi cinas, neverías… y los infames CDR: los Comités de Defensa de la Revolución, los vecinos histéricos que vigilan la calle para denunciar cualquier acto que les pueda parecer "contrarrevolucionario". "Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada", reza la oximorónica frase de Fidel Castro que indica a los artistas los límites de su trabajo.

Yo les decía que esa frase tenía su equivalente alburero en la mexicana "Todo adentro, nada afuera". Con ellos visité supermercados donde no había casi nada y nada se podía comprar sin la cartilla de racionamiento- y nadie culpaba al bloqueo- y cervecerías y discotecas que funcionaban con la música a todo volumen de la radio de Miami. Estuve en bares y cafés que ya no existen, en librerías con escasos títulos y en tiendas de turistas donde se prohibía la entrada a los cubanos, como en los hoteles -y como sucede hasta ahora. Aunque los artistas tenían una situación más holgada que la mayoría de los habitantes de la isla, pues exhibían y podían viajar eventualmente si alguna institución extranjera los invitaba, casi todos ellos decidieron en algún triste momento ya no regresar a su país -o volver de vez en vez, cuando era posible. Me pregunto si los humildes Juan Carlos y Rafaela siguen en la isla, si se fueron por el Mariel o si están a la espera de los vertiginosos cambios que se avecinan…  


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