En Guadalajara fue


Quiero creer que la cultura ayuda a expandir los lindes de la sociedad. Que las ideas y las artes ensanchan las fronteras y favorecen la tolerancia. Lo cierto es que la realidad es más caprichosa.

En Guadalajara he visto los más acalorados debates entre artistas conceptuales y tradicionales. También aquí descubrí una manera insólita y procaz de practicar el humor en revistas, diarios y en la radio universitaria: un descarado Julio Haro pide a la audiencia que voten a favor o en contra de la existencia de Dios, y Dios pierde. Jis, Trino, Falcón, Paco Navarrete y una lista de moneros y escritores desafían a la Guadalajara más rancia desde las páginas de Galimatías —fundada en 1983— y de suplementos como el Monoblock.

Desde mediados de los ochenta Guadalajara ha sido una ciudad entrañable, repleta de amigos, lluvias torrenciales, una primavera eterna y un aire provinciano a pesar de que nunca ha dejado de crecer, no siempre en la mejor dirección.

Hay una historia de la degradación de la ciudad, quizá más acelerada desde las explosiones del 22 de abril de 1992 en Analco, un crimen que quedó sin castigo. El olor a rosas se transformó en olor a gas, a gasolina, hasta llegar a la podredumbre nauseabunda de la Villa Panamericana.

En el estado más mexicano, dicen, surgió la lucha por los derechos de los gays y las lesbianas, con el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR). Guadalajara los produce y Veracruz los consume, decía mi amigo Julio Haro, y añadía: La tierra donde se dan los hombres... entre sí. En la tierra del mariachi, nuevas ideas convulsionaban una sociedad terriblemente católica cubierta por el manto del cardenal Sandoval Íñiguez, guardián de la fe y la moral. Una Guadalajara armoniosa en la superficie pero en la que se cocinaba ya la barbarie del narco. Una ciudad —y un estado— llena de mujeres hermosas donde la tasa de feminicidos —120 en 2015— no le pide nada a la de Ciudad Juárez. Tan lindas que son y tan mal que las tratan.

Una ciudad de estramancias, como las llama Juan José Doñán: de los inacabados Arcos del Milenio al monstruoso Santuario de los Mártires —aquí no hubo milagro del papa.

Una ciudad de calles y banquetas destrozadas, de rascacielos y cotos para los privilegiados, de miles de árboles talados porque estorban la fachada de un Oxxo o de un nuevo edificio de departamentos. Una ciudad a la que los políticos cubren de retratos y promesas en cada campaña, promesas que se olvidan cuando se empieza a devengar salarios principescos y a firmar contratos amañados para las grandes compañías constructoras.

La sociedad no es la misma que la de hace cincuenta o diez años. Muchas contradicciones se han agudizado y muchos problemas parece que al fin empiezan a resolverse. Ahora hay instituciones —perfectibles— para la transparencia, para las elecciones, contra la discriminación, para defender a las mujeres y los derechos humanos. También hay una gran cantidad de organizaciones que trabajan por una mayor civilidad, aunque algunos de sus voceros se sientan moralmente superiores a cualquiera.

Gabriel Zaid escribió que "lo más incómodo de todo es creer en algo objetivamente valioso que los otros no ven: la astronomía, la música, los libros sin erratas, el rescate de un pintor desconocido, la novela que escribí o pienso escribir, las bibliotecas públicas, el teatro, todo lo que parece tonto a los ojos de quienes se niegan a pagarlo. Y, para sentirse todavía más tonto, a los veinte años de no convencerlos, puede aparecer de pronto el funcionario, el mecenas, el mercado, que diga: Aquí está el dinero" ["Dinero para la cultura", Letras Libres, enero de 2002]. Más allá del mercado, hace falta dinero para estimular y promover las distintas manifestaciones de la cultura. Hacen falta bibliotecas en cada barrio y en cada escuela, no únicamente una FIL inabarcable cada año que, dicen, no crea más lectores. Hacen falta ciudadanos y políticos que puedan hablar de los últimos tres libros que leyeron —y que se comprometan, por cierto, con la iniciativa 3 de 3—. Hay museos, galerías, teatros, foros, plazas, mercados... y hay talento y capacidad para dirigirlos. El dinero para la cultura debe aumentarse y ser sólo para eso, no para financiar campañas ni para contratar directores de orquesta caros y veleidosos.

Es verdad que a muchos políticos poco les falta para sacar la pistola cuando oyen la palabra cultura. Pero muchos ciudadanos también somos así. Los partidos sí nos representan y seguimos votando por ellos. Un candidato/diputado independiente no hace verano —pero me gustaría que hubiera más Kumamotos—.

En esta Guadalajara globalizada persisten reductos provincianos, pero ya es una gran metrópoli donde hay festivales musicales en la calle donde las chicas pueden besarse y los hombres caminar de la mano, y también marchas de personas tan devotas que se ofenden por eso. Hay, por desgracia, balazos y muertos todos los días. Es una Guadalajara esquizofrénica y con partes tumefactas que quizá podrían empezar a sanar si nosotros exigimos cada vez más a los que nos representan; si los vigilamos mejor, si somos capaces de crear propuestas constructivas, si hacemos de esta democracia imperfecta una democracia funcional, de todos y para todos.


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