Arte y violencia

Los artistas se han ocupado de la belleza, de la naturaleza, de Dios, de las vírgenes y de los ángeles; de los poderosos, de los sabios, de los niños y de casi cada idea, sentimiento y objeto con que se han cruzado. Desde luego, también han volcado sus esfuerzos y su talento en la representación y la comprensión de la violencia en todas sus formas, desde la muerte de Abel a manos de su hermano Caín hasta las invasiones de conquista y las guerras que han asolado al planeta con el surgimiento de las primeras civilizaciones.

Asesinatos, violaciones, fusilamientos, decapitaciones, catástrofes, suicidios y un largo etcétera de crímenes inenarrables han sido pintados, grabados, dibujados, fotografiados y filmados exhaustivamente para conformar el vasto catálogo del lado siniestro de la naturaleza humana.

En el ancho mundo del arte, de la tradición a las vanguardias y el arte experimental, los artistas han tratado la violencia de muy distintas maneras: para constatar el horror, para denunciarla, para solazarse en ella.

En su libro Goya a la sombra de las luces [2011], Tzvetan Todorov escribe: “La guerra de independencia le dio motivos para dejar de pintar demonios porque la realidad entonces superaba a sus pesadillas más terribles. En una España rota, desgarrada entre sumisión al invasor y patriotismo ciego, liberales y conservadores, entre Luces y oscurantismo, entre razón y supersticiones, nació una serie de grabados: Los desastres de la guerra. Por primera vez se mostró la guerra ciega, absurda, desnuda, desprovista de toda forma de heroísmo. Desapareció la frontera entre buenos y malos, víctimas y verdugos; las causas más justas, los ideales más nobles pierden su sentido y se convierten en pretextos para torturar y matar. En los cuadros y grabados de aquella época a Goya no le importaba la belleza de las obras sino que quería que fueran instrumentos para expresar su profunda indignación: representó a las víctimas de violaciones, hambres, torturas y ejecuciones, a civiles que huían de los combates y cadáveres amontonados, a verdugos indiferentes. Incluso cuando pintó el 2 y el 3 de mayo —en que claramente tomaba partido— tampoco ofreció una imagen gloriosa de la guerra, sino la de un asesinato colectivo. Los peores crímenes se cometen en nombre de grandes valores y a Goya sólo le inspiraba tristeza y melancolía”.

La indignación, la rabia, pero también la furia y la denuncia, la militancia. Recuérdese la profusión de manifestaciones gráficas de artistas y estudiantes durante los movimientos de 1968 en varias partes del mundo.

En México, un país violento, surgieron en la década de los setenta varios colectivos artísticos que abordaban temas sociales, entre ellos la violencia cotidiana en el campo y la ciudad; la represión, la corrupción, el crimen. Grupos como Proceso Pentágono, Suma, No-Grupo, Março. Hoy la violencia nos acosa de formas muy diferentes. La violencia contra niños y mujeres, los crímenes horrendos de los narcos contra inocentes y entre ellos mismos, la violencia contra los migrantes, los secuestros, la violencia de falsos anarquistas y activistas... pero también la violencia soterrada de las relaciones familiares, laborales, sociales: la humillación, el desprecio, la discriminación, la marginación.

Martha Pacheco pinta y dibuja a los locos, expulsados de la sociedad, y a los muertos amontonados en la morgue a los que nadie reclama, como lo hace también Alejandro Montoya; Gustavo Monroy actualiza el biombo de la Conquista y Teresa Margolles hace alegorías a la violencia desatada por la guerra contra el narco; Daniel Ruanova y Artemio diseñan composiciones geométricas con armas y balas. Cientos de artistas aluden a la violencia en distintos grados y siempre con la intención de denunciar o advertir cómo la violencia nos ha vuelto insensibles o hasta parte de ella. Todos ellos con distintos grados de talento, inteligencia y sensibilidad, y en espacios muy distintos, de galerías y museos privados y públicos a grandes y ostentosas ferias internacionales de arte donde se exhiben piezas que se cotizan en cientos de miles de dólares.

¿Llega el arte al gran público o es para un sector reducido de la sociedad: críticos, conocedores y coleccionistas? ¿Cuál es el impacto que pueden tener instalaciones como las de Kara Walker en las que “un soldado viola a una niña afroamericana frente a su hermano o un niño blanco que introduce su espada en la vagina de una mujer negra? O la de Cildo Meireles, una alfombra de 20 mil huevos de madera pintados de blanco que cuelgan de un techo con 50 mil balas doradas incrustadas, con la que el artista protesta ante la justificación de la violencia de la Asociación Nacional del Rifle de Estados Unidos. Además, Meireles invita al espectador a reconsiderar el capitalismo salvaje.

¿Cuál es el alcance de estas piezas que se consumen en circuitos reducidos frente a manifestaciones más efectivas y masivas como el periodismo, la televisión o el documental? ¿Dónde está el arte ahora? ¿Dónde debería estar?

—Texto leído en el Foro Nacional Violencia y Arte, 5 de octubre de 2013, Guadalajara, Jalisco.