Otra parte

El yelmo y la bacía

Lo que para unos es una bacía de barbero a otros les parecerá un yelmo de oro, como le aconteció al ingenioso Quijote en el episodio en que, después de haber comido él y su fiel Sancho, en el camino ven a un hombre montado en un asno y que lleva sobre la cabeza un recipiente metálico -la bacía- que resplandece al sol. El hombre es un humilde barbero que se dirige a un pueblo vecino, pero el Quijote cree que es un caballero y que la vasija es el mágico yelmo de oro del rey moro Mambrino.

Al contrario de lo que hizo Sancho, yo sería incapaz de contradecir a los incontables Quijotes en Facebook y en la vida real que afirman, por ejemplo, que "Charly García es un genio, es Dios" y que además es "una maravilla absoluta". Lo mismo que se ha dicho incontables veces, entre tantos personajes, del rabioso chavista Maradona -cuya deificación arrojó a los sótanos al rey Pelé- y del malhadado Cerati, si tornamos al veleidoso terreno de la música, arena movediza en la que incluso el pop de Belanova le parece inteligente a un buen amigo mío, que vive de comentar discos en revistas. Charly García y Gustavo Cerati me parecen, sin más, buenos rock-poperos

-tengo otro amigo que dice que no son más que baladistas-, pero tanto así como genios...

Bueno, como ya he dicho, no tengo argumentos para contradecirlos pues, como sentencia otra vez el sabio Quijote, "cada hombre es una variedad de su especie".

Lo que a mí me emociona o llega a parecerme genial en cualquier ámbito, sobre todo en el de la música, a otros les causa indiferencia o, a lo mucho, un entusiasmo discreto y efímero, pero sin dudarlo colocaría por encima de los roqueros-baladistas mencionados a otro argentino no tan célebre por estos lares, como el Indio Solari, vocalista de un grupo venerado y ya desaparecido que enfebrecía a un vasto público en la década de los ochenta: Patricio Rey y los Redonditos de Ricota.

Y, como muchas veces le he discutido a mi amigo el comentarista de discos, la música debe escucharse sin importar si el ejecutante es nacional o extranjero y si canta en español o en otra lengua (por aquello de los slogans ochenteros que exigían el apoyo incondicional al rock priista mexicano y al que se empezaba a cantar entonces "en tu idioma"), es decir, debe primar la calidad por encima de la nacionalidad, sin condescendencia ni atavismos chovinistas. Eso es lo que hace que se pueda disfrutar plenamente la música de cualquier género y de todos los países.

Pero hablamos de rock, un género proteico del cual es difícil definir sus amplísimas y flexibles fronteras, además de inútil. Si es balada o rock lo que compone y canta García o lo que hacía Soda Stereo no importa, como nadie se cuestiona si es rock o country-folk o rumba lo que han hecho Bob Dylan, Neil Young o Tom Waits y, en catalán y castellano, el irrepetible Albert Pla. Que viva la música, como decía el olvidado novelista colombiano Andrés Caicedo.