Otra parte

La razón, la ciencia y los charlatanes

El temor a la ciencia no es nuevo. Uno de los pioneros de la revolución científica, Giordano Bruno, quien pensaba que la Tierra giraba alrededor del sol y que el espacio era infinito, fue achicharrado por la Inquisición en 1600. En su Historia y cronología de la ciencia y los descubrimientos Isaac Asimov dice que el asesinato de Bruno retrasó el avance de la investigación científica, sobre todo en países católicos. El cardenal Roberto Belarmino, quien se encargó de procesar las acusaciones contra el filósofo y astrónomo napolitano, también enjuiciaría a Galileo unos años después; en 1616 el Santo Oficio censuró su obra por considerarla “una insensatez, un absurdo en filosofía y formalmente herética”. Otro científico y también teólogo, Miguel Servet, fue arrojado a la hoguera en 1553 por herejía, pues en su obra Restitución del cristianismo había cuestionado dogmas pilares de esta religión y además en el “Libro V” de esa obra trataba de la circulación de la sangre. La sentencia dictada en Ginebra, donde residía, dice: “Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes. Por estas y otras razones te condenamos, M. Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo”.

En la Antigüedad Sócrates fue sentenciado a beber la fétida cicuta por “corromper a la juventud” y por “no reconocer a los dioses atenienses”. Hoy, si pudieran, muchos personajes de la religión y de la política con alma de inquisidores, de Alaska al Medio y Lejano Oriente, también enviarían al más allá a los disidentes —bueno, muchos lo han hecho. La rabia de los ultras del Tea Party y de los ayatolas es la misma. Aquellos desterrarían gustosamente a quien no creyera en el creacionismo y éstos exterminarían a los infieles del mundo. En México los integristas católicos también querrían un país en el que se profesara, con todos sus dogmas, una sola y única fe.

A pesar de los maravillosos avances y descubrimientos de la ciencia —como la biotecnología y la nanotecnología— y de la mejoría en las condiciones de vida de millones de seres humanos gracias al progreso de la tecnociencia, aún hay una fuerte resistencia al pensamiento racional no solamente por parte de fundamentalistas religiosos, sino de todo tipo de personas que ven en la ciencia un peligro para el planeta. Como en las películas de ficción científica, muchos creen que las máquinas llegarán a dominar al hombre o que no debe experimentarse con la clonación porque ése es “terreno de Dios” (independientemente de cuestiones de bioética); también están los que piensan que más valdría retornar a la madre naturaleza y olvidarnos de la vida moderna y los que creían que las “profecías mayas” se cumplirían en 2012 —ahora a buscar otra fecha apocalíptica-. A éstas y otras charlatanerías han dado vuelo películas como ¿Y tú qué sabes? (What the Bleep Do We Know!), de Mark Vicente, 2004), que tanto éxito tuvo entre místicos, ingenuos y desinformados. El pasado aún pervive en el siglo XXI.