Otra parte

Memoria de Torreón

Una habitación en penumbra, apenas un poco de luz se asoma por una puerta. Mi abuela Rita está sentada, muy quieta, en una silla de madera pegada a la pared. Sobre su cabeza hay un cuadro colgado en el que aparecen ella y mi abuelo Maurilio, una fotografía en tonos sepias desvanecidos. Son los padres de mi madre. Mi abuela permanece sentada, en silencio, las manos juntas en su regazo, la mirada serena, tímida, casi triste. No sé si la recuerdo así porque la vi o si es una imagen que he construido de ella basada en otra fotografía. Tampoco sé si en ese recuerdo mi abuela está viva o ya ha dejado de respirar. En el año 1961 mi madre recibió un telegrama en el que mi tía Amelia le decía que mi abuela estaba grave, un infarto. Me llevó a toda prisa a tratar de conseguir un vuelo a Torreón: ninguno hasta dentro de unos días. Esa misma noche salimos en autobús. Después de catorce horas llegamos a la última casa de la calle Rodríguez, a unos pasos del ancho río Nazas, seco la mayor parte del año. La casa tenía muros de adobe, pero después de la inundación provocada por el desbordamiento del río, unos años después, fue remozada y pintada. Cuando llegamos mi abuela había fallecido. ¿O había muerto desde que enviaron el telegrama? No recuerdo haber visto llorar a mi madre. No recuerdo mucho de ese viaje.

Todas las vacaciones las pasábamos en Torreón. Era otra casa para nosotros. En la Ciudad de México éramos chilangos, en Torreón nos convertíamos en laguneros. Allá le decían libros a las historietas, a las fotonovelas, y feria a la morralla. Nos despojábamos de los zapatos y cruzábamos el lecho seco del río, plagado de cardos y matorrales espinosos, hasta la pequeña barda que divide los estados de Coahuila y Durango. Llegábamos con los pies lastimados por incontables espinas, pero eso no nos detenía. Una vez mi abuelo nos llevó a los campos de algodón en que a veces se empleaba como pizcador, aunque su oficio era el de panadero.

A veces, por las tardes, me sentaba en el porche de la casa a esperarlo, a la sombra de un frondoso pirul. Lo veía llegar en su moderna bicicleta de diseño aerodinámico ondulando por la calle. Le gustaba tomar, pero eso es algo que tampoco recuerdo con nitidez. Mi abuelo nos contaba historias de fantasmas, aunque decía que éstos no eran como la gente creía, translúcidos y desfigurados, sino que lucían como una persona común.

A la vuelta de la casa vivía un señora que nos contó que había sido mujer de Pancho Villa. Nos mostró unas fotografías pegadas en la pared. En una de ellas estaba el revolucionario y una mujer con largas trenzas. Ésta soy yo, nos decía.

En las tardes, cuando el sol ya no golpeaba tan fuerte, salían a la calle pregoneros y vendedores. Un automóvil con un megáfono en el toldo anunciaba el estreno en el cine Princesa de la película Yeah Yeah Yeah!, con Los Beatles. Una señora vendía tamales pero no como los de la capital, sino rodajas de masa de maíz, un poco insípidas. Un día se escuchó el griterío de los vecinos. Un grupo de personas barría las calles, flanqueadas por policías que portaban tremendas caras de fastidio. Eran presos y homosexuales, travestidos de mujer, a los que habían sacado de la cárcel para escarmentarlos. Justo frente a la casa de mi tía pudieron descansar un poco. Les llevamos cigarros, agua y unas monedas, que agradecieron con sus ojos pintados y tristes. Hay muchas otras cosas que recuerdo de ese pueblo grande y apacible que era el Torreón de mi familia.