Otra parte

Maradona

Hace unos días Diego Maradona estuvo en Nicaragua y en Venezuela —donde se quedó dormido en un discurso de Nicolás Maduro— para mostrar su apoyo a los presidentes de esos países y para acordar con Telesur la transmisión del documental De zurda, basado en los programas que condujo el ex Número 10 en el pasado Mundial de Brasil.

Maradona ya fue protagonista de un documental de Emir Kusturica. Personaje excesivo y un tanto naïve, que transita de la soberbia a la nobleza y sobrevivió —o eso parece— a la cocaína, Maradona cuenta al director serbio sus orígenes humildes, su ascenso a la gloria y su descenso a los infiernos, mientras se intercalan los fantásticos goles del ex futbolista del Boca Juniors y del Nápoles entre animaciones en las que éste se mofa de los capitostes del imperialismo yanqui y británico: Reagan, Bush padre, Margaret Thatcher, Tony Blair, Bush junior. Kusturica también aprovecha su documental para sugerir forzados paralelismos entre su obra y la vida del futbolista convertido en dios pagano en cuyo nombre se ofician matrimonios y misas con rock y chicas en hot pants.

Maradona apunta a Estados Unidos como el casi único causante de los males de Latinoamérica, incluyendo la drogadicción: “Los norteamericanos controlan el tráfico de drogas hacia Estados Unidos”, advierte, exculpando a narcotraficantes bolivianos, colombianos, mexicanos, y descargando así un poco su propia culpa por su devastadora adicción.

Maradona detesta también a los ingleses por la invasión a las Malvinas en 1982, pero se olvida —al igual que Kusturica— de mencionar a los generales Videla, Viola y Galtieri que provocaron esa guerra para exaltar el patriotismo y elevar los bonos de una dictadura cruel, inepta y gastada, y que enviaron a jóvenes soldados a combatir a un ejército poderoso. El olímpico gol que le metió a los ingleses en el Mundial de 1986 en México habría significado la ansiada venganza.

Maradona se curó de su adicción en Cuba y no escatima elogios para Fidel Castro ni para el Ché Guevara. Una admiración irracional que al parecer también comparte Kusturica, a pesar de haber vivido él mismo bajo la dictadura comunista en la antigua y desgajada Yugoslavia, experiencias que ha denunciado en películas como Cuando papá sale de viaje y Underground. En una polémica en 1995 con el filósofo francés Alan Finkielkraut, Kusturica reconoce que vivió “casi toda su vida en un régimen que hizo un arte de la denuncia y la manipulación”. Desconcierta, por ello, la celebración del totalitarismo encarnado en el senil Fidel Castro y la inclusión de una escena en un atiborrado estadio bonaerense en la que el histriónico aprendiz de dictador Hugo Chávez despotrica contra la gira en 2007 de Bush Jr. a países de América Latina, invitando a un sonriente y emocionado Maradona a dirigir unas palabras a veinte mil eufóricos partidarios del “socialismo del siglo XXI”.

Maradona por Kusturica (2008) celebra la “dignidad” del socialismo castro-chavista; un documental al que le sobran muchas de sus partes, menos los prodigiosos goles de Maradona.