Otra parte

Islamofobia

Para ser un islamofóbico cabal habría que detestar —o temer— a todos y cada uno de los más de mil millones de musulmanes en el mundo. Pero basta criticar los aspectos más retrógradas del Islam para que cierto tipo de intelectuales acusen de islamófobo a quien señala la intolerancia y las aberraciones del islamismo fundamentalista, el que desea imponer la sharía a todo el mundo con su desprecio a la mujer —desde los golpes, latigazos, mutilación del clítoris, castigos por haber sido violadas, apedreamiento hasta la muerte— y a todos aquellos que no acepten la sumisión a la ley de Alá según su particular interpretación del Corán. En la mayor parte del mundo musulmán no hay separación entre la religión y el Estado; nada de “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” —y muchos judíos ultraortodoxos y cristianos integristas desearían que así fuera en sus países.

Quizá sean más los musulmanes que no profesan la ideología yihadista de odio y muerte, pero es necesario que los líderes de las comunidades islámicas en Asia, África y Europa se pronuncien enérgicamente contra la barbarie del Estado Islámico, de Boko Haram y de organizaciones terroristas como Al Qaeda, Hezbollah y Hamas, y que los musulmanes que viven en Occidente respeten la ley. No son pocos los intelectuales de Occidente, por cierto, que reaccionan con histeria a las denuncias de la creciente intolerancia de musulmanes en países europeos y americanos que acosan, agreden y golpean a mujeres simplemente por ser occidentales —“inocentes y provincianos usos y costumbres”, dice un articulista de La Jornada—; musulmanes seguidores del delirante activista británico y antioccidental Anjem Choudary, que vive en Londres, por ejemplo.

En su irritante y miope corrección política, los indignados por las críticas al islam no alcanzan a ver la conexión entre las decenas de organizaciones terroristas islámicas regadas por varios países y la guerra de Israel contra Hamas. El asesinato de los dibujantes del Charlie Hebdo y de clientes de una tienda de alimentos kosher en París y los cada vez más frecuentes casos de antisemitismo y violencia fundamentalista contra personas e instituciones occidentales indican el preámbulo de una guerra mundial. El Estado Islámico ha declarado repetidamente su intención de restaurar el gran califato de Córdoba a Bagdad y seguramente sus milicias morirán en el intento.

Señalar las aberraciones del Islam y la violencia atroz del fundamentalismo es ahora más necesario que nunca antes —ya Winston S. Churchill se había pronunciado sobre la islamización de la Gran Bretaña, y recientemente el escritor francés Michel Houellebecq ha parodiado en su novela Sumisión una Francia del futuro en la que el Islam accede al poder.

Dice el escritor argentino Marcelo Birmajer que “Los terroristas islamistas no son seres oprimidos reaccionando ante un contexto, buscan imponer su dominio, consideran una declaración de guerra la perseverancia de las democracias en mantener la libertad de expresión, de circulación, la igualdad entre el hombre y la mujer y el respeto a la individualidad” (“¿Nos quedará París?”, revistareplicante.com). La advertencia es clara.