Otra parte

Galeano y un cubano en San Francisco

El locuaz y simpático cubano Víctor Navarrete le negó la entrada al Radio Habana Social Club al recientemente fallecido Eduardo Galeano, hará unos seis o siete años. El autor de Las venas abiertas de América Latina había presentado un nuevo libro en la República Marxista de Berkeley y una entusiasta fan del escritor uruguayo pensó que era buena idea llevarlo a cenar y tomar unos tragos a aquel pintoresco bar de la calle de Valencia, en el barrio de la Misión. El pequeño local está decorado con una abigarrada colección de cuadros, ensamblajes, objetos y cientos de figuras de personajes famosos, muñecos y animales —pollos, dinosaurios, bebés de colmillos afilados— suspendidos de paredes y techo mirando a los parroquianos, un muestrario de la atractiva diversidad de los habitantes de San Francisco.

Cuando la chica universitaria y Galeano llegaron al Radio Habana, a la medianoche, el dueño ya había cerrado. ¡Ábrenos, Víctor, vengo con Galeano!, dijo la fan emocionada que, de verdad, levitaba. ¡Que se tome un café ahí afuera!, le respondió Víctor, tratándolo como a uno más de los mortales que pueblan el planeta.

Nomás de ver y escuchar a este cubano pequeño y mordaz le gana a uno la risa. Tiene un aire a Trespatines y decenas de anécdotas de los años que vivió en la Cuba de Castro —el dictador al que Galeano admiraba como a un libertador—, hasta que pudo abandonar la isla. Lleva poco más de una década en San Francisco y vive contento rodeado de amigos, artistas y bohemios del rumbo, a los que les prepara, con su mujer, unas “albóndigas legendarias”, empanadas chilenas, arroz Jambalaya y tamales de pollo, entre otros platillos americanos, cubanos e indios. Al pícaro Víctor debía conocerlo, me dijo mi amigo Antonio Tovar, porque conoce a muchos de mis amigos cubanos ahora exiliados en México, Miami, Nueva York y otras ciudades. La charla transcurre entre menciones a Gory, Marucha y Mayito, Alcibíades, Raúl Martínez y tantos más que decidieron abandonar el naufragante barco del “sociolismo”, aunque, contra lo que pudiera creerse, Radio Habana no es un bastión del anticomunismo ramplón, pues entre los comensales frecuentes hay admiradores del Che Guevara —cuya imagen, al lado de las de Santana y la Virgen de Guadalupe, es de las más estampadas en los muros de este distrito sanfranciscano.

“En la prisión de La Cabaña, con una pistola de plata”, me confía Víctor en voz baja, los ojillos vivarachos, “el Che remataba a los fusilados que aún se convulsionaban”. Algo que Eduardo Galeano no supo o no quiso saber.