Otra parte

Efraín Huerta en el cine

Nació en Silao, Guanajuato, en 1914, pero al salir de la adolescencia y del pueblo se volvió ciudadano de la gran urbe mexicana, donde murió en 1982. Con Octavio Paz y Rafael Solana, entre otros compañeros de la universidad, hizo la revista Taller. El Nobel lo elogia como sigue: “A mi generación, que fue la de Efraín Huerta, le tocó vivir el crecimiento de nuestra ciudad hasta, en menos de cuarenta años, verla convertida en lo que ahora es: una realidad que desafía a la realidad... Con nosotros comienza, en México, la poesía de la ciudad moderna. En ese comienzo Efraín Huerta tiene un sitio central”. El modesto autor de Absoluto amor y Los hombres del alba dijo de sí mismo en uno de sus populares poemínimos: “Primero/ que nada/ me complace/ enormisímamente/ ser/ un buen/ poeta/ de segunda/ del Tercer Mundo”.

Huerta destacó también en el periodismo cultural en las páginas del suplemento El Gallo Ilustrado, por lo que recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1978 —dos años antes había recibido el Premio Nacional de Artes—, y fue un cinéfilo que volcó en cientos de artículos sus impresiones sobre cine mexicano y del mundo en diferentes diarios y revistas, como El Fígaro, Cinema Reporter y El Nacional, firmados a veces con su nombre y otras con sus pseudónimos “Filmito Rueda”, “Fósforo”, “Juanito Pegafuerte” y “Roberto Browning”. A esta faceta de su trabajo periodístico le hizo justicia su estado natal al publicar esas notas cinematográficas en Close Up, dos tomos editados por Ediciones La Rana y el Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato en 2010. En el Prólogo el investigador Alejandro García, también encargado de la compilación, redescubre al Huerta que fue “un espectador implacable que vivió aquellos tiempos en forma intensa, que se rebeló contra la crítica ‘comprometida comercialmente’”. El compromiso de Huerta con el cine mexicano lo llevó a fundar en 1945 la asociación Periodistas Cinematográficos y de Espectáculos en México (Pecime) con el fin de “estudiar los fundamentales problemas de la industria fílmica nacional y aportar fórmulas para su mejor solución”. Al final de los años cuarenta el cine mexicano andaba de capa caída —después de la Segunda Guerra Hollywood volvía por sus fueros— y abrumado por producciones de muy mala calidad. El cine mexicano, escribió Huerta, “se convierte en arte de rumberas malas, de bandidos y de toreros, de charros ilegítimos, de dramones que llegan a exceder la imprudencia de Emilio Fernández”. Entonces, como ahora, observaba Huerta, los cineastas no iban al cine “a ver buen cine porque creen ya saberlo todo”, y arremetía contra los productores más interesados en la ganancia que en la calidad. Testigo, analista y promotor del cine nacional, además de jurado en diversos certámenes, Efraín Huerta nunca dejó de señalar los vicios y las taras de una cinematografía en la que, de cada cien películas, apenas un puñado valía la pena. El cine mexicano “no ha sabido ni querido darse a sí mismo un carácter o un estilo”, escribió Huerta hace sesenta años. Una frase que pudo haber escrito ayer.