Music Club

La música no es futbol

“¡Ah divino Messi, cómo te verías tocando el violín!”

A.A.P.C.

 

Una noticia llamó mi atención el día 31 de octubre. La renuncia del músico Jordi Savall (uno de los grandes de la música antigua) al Premio Nacional de Música en España, acusando a las autoridades de “dramático desinterés y de la grave incompetencia en la defensa y promoción del arte y de sus creadores”, además de “menospreciar a la inmensa mayoría de músicos que con grandes sacrificios dedican sus vidas a mantener vivo el patrimonio musical hispánico milenario”.

El rechazo al premio tiene dos antecedentes. El del escultor Santiago Sierra en 2010, al Premio Nacional de Artes Plásticas, y el escritor Javier Marías, que en 2012 hizo lo propio al no aceptar el Premio Nacional de Narrativa.

El desacuerdo ante la política del Ministerio de Cultura español es una llamada de atención para quienes dirigen los derroteros de las políticas culturales en cualquier parte del mundo.

En nuestro estado, las recientes manifestaciones de los artistas plásticos participantes en el concurso de Salón de Octubre -quienes retiraron su obra en protesta por la decisión del jurado de declarar desierto el premio único-, y de los músicos de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, hastiados de “los malos tratos” de su director, son dos ejemplos de una situación que debe actuar como revulsivo para futuras decisiones en el ámbito de la cultura.

Es impropio pensar que la cultura es una dama de la aristocracia. La cultura se debe acometer con la misma seriedad con que se abordan otros temas de la política nacional: Economía, educación.

Por otro lado, si la música fuera futbol, como lo expresara un columnista  –y pudiéramos considerar lo mismo hacer una cuauhtemiña que un trémolo perfecto y suplir a cualquier músico de la orquesta sólo porque el director “técnico” así lo determina (como en un partido de futbol que se va perdiendo), entonces deberíamos de apelar (entre otras cosas) a la máxima de que sólo pueden alinear cinco extranjeros por partido.

A 25 años de la caída del Muro de Berlín, y escuchando como fondo el visionario álbum The Wall, de Pink Floyd, declaro que quienes se manifiestan, haciendo uso de la garantía constitucional de la “Libertad de Expresión”, no son unos cuántos seres que han querido salirse del muro, sino ciudadanos que buscan ser tratados con dignidad.

Sin más, te invito a escuchar la nueva producción de Pink Floyd, The Endless River (El río que no tiene fin), después de veinte años de silencio rosa, y a seguir experimentando las sonoridades del mundo. Hasta en quince.

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