Music Club

La música también es un espejo

Al imponerse como modas ciertas estrategias compositivas –la música aleatoria, por ejemplo-, ciertos compositores del mundo posmoderno se expresan a través de cartabones, convirtiendo sus intentos sonoros en una masa inaudible. Una suerte de espejo, en donde vemos repetida, en abismo, la misma imagen.

Me explico. Quizá el compositor que conectó de manera más efectiva con la exploración aleatoria, fue Leo Brouwer. Pero la música de Brouwer no está exenta de originalidad. Los ritmos afroantillanos, las referencias meta musicales del rock y el jazz, hacen de la música de Brouwer una masa vibrante y emotiva. La mejor muestra está en La espiral eterna o los Estudios sencillos de la primera serie, ambas escritas para guitarra sola.

Sin embargo, al imponerse Brouwer como el compositor de moda –uno de los últimos del siglo XX-, los compositores noveles -y no tan noveles- comenzaron a imitarlo, alejándose de un principio esencial en el arte: la búsqueda de la voz propia, del lenguaje original.

En este momento, pienso que el fenómeno Brouwer es el mismo que han sufrido los poetas nacidos bajo el signo de Octavio Paz. Han construido –a la manera artesanal-, objetosen serie, una imitación de arte menor.

Ligados ad libitumque, como lagartijas saltarinas, pueden cambiar de posición sin que se modifique sustancialmente el discurso sonoro. Un mismo arpegio –una misma armonía- en crescendo, que puede llegar al extremo del rasgueo y la tambora, secuencias armónicas –la mayoría de las veces a través de arpegios- acompañadas por melodías que intentan sorprender, paradójicamente, con el lugar común. Una música que después de veinte minutos se convierte en la ruta del calvario.

En el mismo contexto se encuentran los intérpretes que de buena fe, o porque son unos verdaderos profesionales, o por acceder al apremio de las becas, nos quieren hacer creerque es la música que hay que oír.

En el plano ético y profesional somos responsables de la música que llega a los oídos del público –sea conocedor o no-, responsables de que amen o aborrezcan lo que les ofrecemos. La creación de públicos no será posible si lo que impulsamos se aproxima más a la farsa que al arte verdadero.

¿Cómo va a creernos el público que la tradición clásica –la del gran Bach, Ponce, Brouwer o Glass es la que se impone en jerarquía si lo que recomendamos es la psicosis?

El principio fundamental del arte –visual, sonoro-, es que nos transmita una emoción sincera. La honestidad del artista juega, así, el papel más importante. Nadie va a preferir la ausencia del color en un cuadro –para resignificar la noche-, a una tarde colorida en la Alameda Central.

(…)

En esta ocasión te invito a gozar o volver a gozar –según sea el caso-, del trompetista WyntonMarsalis, en donde quiera que lo puedas localizar. Espero reencontrarte en quince.

 

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