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Un jalisciense ilustre

Ahora que el Congreso del Estado, a iniciativa de la diputada Verónica Delgadillo, ha emprendido la ineludible tarea de armar un expediente para trasladar los restos de Juan José Arreola a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres –expediente en el que hay que destacar la propuesta de l@s escritor@s jaliscienses Blanca Bátiz, Jesús Cruz Flores, Amado Aurelio Pérez y el editor de MILENIO y compositor Enrique Vázquez-, viene a mi mente 1993, año en que el gran escritor zapotlense fue galardonado con el Premio Juan Rulfo (Hoy FIL en Lenguas Romances), en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara.

Después de la ceremonia, ejecutaba yo una obra efectista para guitarra –golpes sobre la tapa, pizzicatos a la Bartók-, en una de las salas interiores del hoy Museo de las Artes-, cuando una mano se posó sobre mi hombro al mismo tiempo que una voz pianísima musitaba a mi oído: “Hijo… hijo… me siento muy mal… déjame tantito tu lugar”.

De inmediato me puse de pie y cedí el lugar al maestro que, con la mirada fija en el suelo, intentaba reencontrar el equilibrio perdido. Yo lo miraba atento, como se mira una leyenda, un genio vivo.

Después, como estudiante de literatura en la Universidad de Guadalajara, tuve la oportunidad de estudiar su obra desde una perspectiva multidisciplinaria: Los universos sonoros en Arreola.

La narrativa de Arreola –al igual que la de otros escritores jaliscienses como Rulfo o Agustín Yáñez-, también da lugar, desde su neo costumbrismo, a un estudio del elemento sonoro.

Así, por ejemplo, para describir la voz del diablo en su cuento Un pacto con el diablo, el narrador dice: “La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro”, o en la Canción de Pironelle, en donde retoma la figura del compositor francés Guillaume de Machaut (Machault, c. 1300 - † abril de 1377): “Desde su claro huerto de manzanos, Peronelle de Armentières dirigió al maestro Guillermo su primer rondel amoroso. Puso los versos en una cesta de frutas olorosas, y el mensaje cayó como un sol de primavera en la vida oscurecida del poeta. Guillermo de Machaut había cumplido ya los sesenta años. Su cuerpo resentido de dolencias empezaba a inclinarse hacia la tierra. Uno de sus ojos se había apagado para siempre. Sólo de vez en cuando, al oír sus antiguos versos en boca de los jóvenes enamorados, se reanimaba su corazón. Pero al leer la canción de Peronelle volvió a ser joven, tomó su rabel, y aquella noche no hubo en la ciudad más gallardo cantor de serenatas”.

Revisitemos a Arreola y su propuesta sonora. Hasta en quince.


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