Music Club

La honestidad del arte

Nadie está legitimado
para exigir

el respeto de sus derechos,

si elude sus deberes.

Ignacio Burgoa

 

Dedico esta columna a dos amigos. Al Ingeniero Eric Briseño, por descubrirme la anécdota de Van Cliburn, que referiré, y al Dr. César Castillo, por obsequiarme el libro inspirador de esta columna:Genealogía de la soberbia intelectual, de Enrique Serna.

Uno espera que, al participar en un concurso de cualquier disciplina artística –literatura, pintura, música, por ejemplo-, el fallo del jurado sea honesto, sin mediación de los grupúsculos que empañan el arte de los pueblos.

Desafortunadamente, los resultados muchas veces van acompañados de frases tan trilladas como lacerantes (expresadas, aunque usted no lo crea, por los mismísimos jurados): “X tenía que ganar porque es hij@ de Y”, “El ganador va a salir de entre mis alumnos”, “El que gane debe pertenecer a nuestro grupo”.

Hace muchos lustros, a un concurso de guitarra –de los pocos en el pasado nacional-, asistían jurados de diversos estados de la república: Baja California, Durango, Oaxaca, el DF, y la mayoría de los integrantes de estos jurados no se conocían con anterioridad.Aquello era un logro de los organizadores.

Ganaba el mejor. No había duda. Los espectadores y competidores que escuchábamos las interpretaciones a lo largo de dos días (de 9 de la mañana a 7 de la noche para la ronda eliminatoria, de 9 a 12 de la mañana para la final), salíamos conformes con el fallo.

Comentábamos: “Se merecía el segundo lugar, qué manera de interpretar Brouwer”, y: “Se llevó el primer lugar porque tocó sin error la Chacona (de Bach)…”

Después el concurso, que recibió mayor financiamiento, cambió de organizadores y fue visualizado como un negocio, se convirtió en beneficiador de unos cuantos: Jurados coludidos entre sí, triunfadores que eran alumnos de los jurados.

Todo es susceptible de corromperse. Pero el concursante –digo el que entra a un concurso sin amiguismos, sin padrinazgos-, espera que se le reconozca por lo que con justicia merece.

Si queremos que del concurso convocado por la Secretaría de Cultura para elegir al mejor compositor de orquesta de Jalisco, salga triunfador el relevo del insustituible Moncayo-con todo y su Huapango-, hay que exigir de los jurados la honestidad.

Vale el ejemplo de un pianista norteamericano, Van Cliburn, que en plena Guerra Fría, ganó el Concurso Internacional Tchaikovsky, en Moscú. Dicen que el jurado, conformado por soviéticos, pidió permiso a Nikita Jruschov para otorgarle el premio: “¿Es el mejor?” preguntó. “¡Entonces denle el premio!”.

El reconocimiento al arte verdadero, dignifica. Caso contrario, seguiremos por los senderos de la mezquindad, la soberbia y el engaño.

Coda. La interpretación de Van Cliburnla encuentras en el link  https://www.youtube.com/watch?v=-M7M4UoqBpA

 

Hazme llegar tus opiniones. Hasta en quince.

 

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