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La columna del alcohol y la memoria

Feliz cumpleaños 62, brother

 

La revista española Filosofía Hoy –en su edición de abril-, presenta un interesante artículo en donde, a partir de las opiniones de personajes célebres  (OscarWilde, el Marqués de Sade por ejemplo), se concluye que las bebidas alcohólicas –cerveza, tequila, vino, whisky, ron, brandy… hasta llegar a un largo etcétera en el que bien podríamos incluir nuestros tradicionales “pajaretes”-, funcionan como detonantes de la inspiración creativa.

No son pocos los ejemplos de artistas mexicanos que han encontrado en el alcohol su modus operandi. Baste con citar a Silvestre Revueltas o José Alfredo Jiménez, compositores excepcionales en sus respectivos géneros, para sustentar nuestra tesis.

Siendo joven, me solacé con la amistad de un gran hombre: el Doctor Jorge Orozco.

La finca del Doctor se encuentra por la avenida Hidalgo, a cuadra y media de Enrique Díaz de León en dirección al centro de nuestra ciudad. Una hermosa mansión de principios de siglo XX.

Hoy, poseído por una especie de fuerza oculta –como en un cuento de H. P. Lovecraft-, revivo las tertulias que organizaba con singular alegría el Doctor: “Ven a mi fiesta güero, y toca una de mis guitarras, luego te la llevas a tu casa para que practiques, quiero que te hagas famoso con ellas”. Me distinguía el Doctor, siendo yo un zagal.

En el interior del recinto, el ambiente era mágico. En aquellas reuniones se daban cita notables personalidades de nuestro universo sonoro: Enrique Flórez, Javier Sierra Frutos, Jorge Ceballos, Alejandro Gutiérrez Aranda, Laura Ávalos, así como músicos de la Orquesta Filarmónica de Jalisco entre una centena de invitados.

Interpretaciones perfectas. Resonaban las campanelas de la Fantasía que contrahaze la harpa en la manera de Ludovico en la guitarra décima de Enrique Flórez, música de arias de ópera, sonoridades de clavicordio, composiciones originales. Un festín sonoro que se prolongaba hasta altas horas de la noche.

Euforia en crescendo propiciada por la música y la imprescindible presencia del dios Baco (cito a mi amigo Jorge Pérez y Pérez).

Al final, el éxtasis. Un tenor hipnotizando a la audiencia con Granada de Agustín Lara, un violinista con Bésame Mucho de Consuelito Velázquez. Dos de las mejores interpretaciones que he oído.

Al regresar a mi casa, oculto entre las sombras de la noche, una idea giraba en mi mente: “Ser músico es lo mejor que te puede suceder en la vida”.

Hasta en quince.

 

leverkhun1@outlook.es 

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