Music Club

Dos amigos

Dedico esta columna a los

mentores de mi generación

 

Hace unos días, Fernando Martínez Macías, hijo del extraordinario ejecutante de flamenco Fernando Martínez Peralta, publicó en el face una foto de su padre al lado del también memorable Miguel Villaseñor García y de un –en ese entonces- joven valor, hoy convertido en uno de los grandes de la guitarra nacional: Hugo Ernesto Trujillo Gracián.

Uno revive, a partir del archivo fotográfico, los momentos más significativos del encuentro con esos dos históricos de la guitarra en nuestro estado: Fernando Martínez y Miguel Villaseñor.

A Miguel lo recuerdo como un amigo y como un hombre paciente, un maestro que tenía el don de saber ofrecer su tiempo, así no fueras el más talentoso de los alumnos. Por esos momentos epifánicos, cuando te decía: “tengo dos boletos para el partido del Atlas contra el América… ¿Vamos?”. Ya en el partido, solía tener momentos de brillantez: “Ese muchacho va a llegar lejos (refiriéndose a Rafa Márquez que en aquel momento tenía diecisiete años)”, o de complicidad: “¿Quieres de mi cerveza?”, y ahí estaba Miguel,  ofreciéndote el tan ansiado líquido de su bolsita o sorbiendo despreocupadamente de tu popote.

A Fernando lo recuerdo por su actitud altruista, su amistad incondicional y sobre todo, por la manera tan pura de ejecutar en la guitarra soleares, tarantos, bulerías.

Viene a mi memoria una noche en que, reunidos en la Casa de la Cultura del Estado –con motivo de una junta de la Sociedad de Guitarra Clásica-, los ahí presentes incitaron al “flaco” (así le decían sus amigos a Fernando) –quien ya daba muestras de haber consumido una dosis considerable de tequila-, a tocar una pieza.

Creímos que se equivocaría, que por primera vez produciría alguna nota falsa, pero al contrario de esa expectativa, Fernando tocó como nunca. Todos terminamos aplaudiendo de pie. Pensé que el maestro era un verdadero gitano.

Me tocó vivir la muerte de ambos maestros. A Fernando, ya jubilado, le hablé a su casa unos meses antes de su muerte -lo había soñado muerto la noche anterior-, y le dije: “me acordé de mi amigo Fernando y de tantos momentos que hemos vivido juntos y le hablé para ponernos de acuerdo para comer una carne asada”. Ese momento nunca se cumplió.

Lloré mucho su muerte. Mi amigo Eliseo Vázquez –otro notable de la guitarra-, intentó consolarme con la consabida frase: “todos vamos para allá”.

Hoy recuerdo a Miguel y a Fernando por haber sido mis maestros. Por guiarme más allá de las aulas –Miguel con su actitud política, Fernando con su pragmatismo, tratando de que sus alumnos ganaran las más importantes competencias de guitarra, de que consiguieran una buena chamba-.

Gracias Miguel, Fernando, y gracias a ti, Fernando hijo, por ser un fiel seguidor de la buena música, herencia de tu padre.

Rogándote disculpes esta autorreferencialidad, te espero para seguir inventando nuevas formas de vivir la música.

 

leverkhun1@outlook.es