Music Club

Sonoridades de la decimononia

El caos es la partitura donde se escribe la realidad

Henry Miller

(Trópico de cáncer)

 

Uno de los objetivos principales de quienes determinan los derroteros a seguir en materia de cultura, debería de ser el de situar a la sociedad en el contexto que le corresponde, de cara a los intercambios artísticos que se manifiestan en el mundo.

En materia de música, resulta esencial describir un panorama sonoro de los últimos cincuenta años, considerando no sólo los estilos que consideramos “parte de la tradición”, sino también los movimientos de ruptura.

Pensar que nuestra sociedad es “incapaz” para entender las transformaciones sonoras de los últimos decenios nos confina al estancamiento, la inmovilidad.

Y es que en materia de cultura se deberían realizar reformas constitucionales, tal y como se ha venido haciendo en otras áreas de la política nacional.

Ciertamente podemos seguir viviendo en las resonancias del porfiriato. Preferir los valses a nuevas tendencias de composición musical, las melodías “agradables al oído”  a los experimentos sonoros.

Ignoremos entonces los movimientos que dieron forma al arte del siglo XX. Ignoremos el surrealismo, el dadaísmo, el minimalismo. Dejemos de lado a escritores de la talla de Henry Miller, de los miembros de la “Generación Beat”. Olvidemos el rock –con sus diversas manifestaciones, el progresivo, el rock en oposición, el metal-.

Ignoremos que desde John Cage los experimentos sonoros exigen la comprensión de un nuevo lenguaje: El de la técnica extendida, el arco circular, la multifonía, la electroacústica.

Sigamos perseverando en una audición decimonónica. “No estamos preparados”, dicen los próceres de la cultura. Imposible que pensemos en un Festival de Música Contemporánea o en un Concurso de Música Contemporánea que contemple la utilización de técnicas no convencionales. Hagámoslo todo a la luz de la tradición.

Hay que acotar que en otras ciudades de América Latina, los eventos de música contemporánea forman parte de la agenda institucional.

De continuar esta política en materia de arte –del arte sonoro al menos-, se aleja la utopía de ver situada a nuestra ciudad en el ranking de las más cultas. No importa, dirán los próceres. Hay que alentar la tradición –aunque ya a nadie le interese comprar un cd de lo que se entiende como “tradicional”-, hay que dejar de lado los nuevos universos sonoros. Es cosa de locos. Al cabo que en materia de política lo que menos importa es la cultura.

Por supuesto, en las apuestas políticas de los gobiernos de algunos países de Europa y América Latina (como Venezuela, Colombia), el apoyo a la innovación artística es materia de primer orden. Los prejuicios de situar a la ciudadanía en la ignorancia no es más que el síntoma de que nuestra política cultural vive la prehistoria.

 

Leverkhun1@outlook.es

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