Music Club

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El poeta mexicano Manuel Maples Arce, lanza en 1921 su Manifiesto estridentista Actual No. 1, proclamando una frase célebre: ¡Chopin, a la silla eléctrica!

Aunque Maples Arce pocas veces recurrió a los universos sonoros para construir su poética –sí a la pirotecnia radiofónica, por ejemplo-, la frase contiene una importante carga ideológico-cultural: Hay que matar el romanticismo, la estética de lo bello, lo académicamente perfecto.

En la música experimental –con John Cage a la cabeza-, se invocan nuevas formas de composición: El azar –el I Ching-, la improvisación, inusitadas estructuras rítmicas y armónicas. Su culminación: Primera construcción en metal (1939), Música para Marcel Duchamp (1947), Concierto para piano preparado (1950-51), Música de cambios (1951) y 4:33 (1952).

Estética de la extravagancia, recuerdo una anécdota que me contó el Maestro Ermilio Hernández: “Fui a un concierto en París donde ejecutarían música de Cage. Había un piano y un tendedero de ropa. Pasó media hora, cuarenta y cinco minutos, una hora. El público comenzó a chiflar, a insultar. Un hombre desnudo sale a agradecer a los asistentes por haber acudido al concierto de John Cage. La música eran esos chiflidos, esos insultos. La enseñanza (de acuerdo con Cage), que los franceses, inventores del surrealismo, ya no creían en eso”.

En México, el primer ejemplo de extravagancia musical la encontramos con Carlos Jiménez Mabarak, con su Rapsodia para popote y agua (Manuel Rocha, en Revista Pauta, no. 117), y los experimentos del grupo Quanta, comandado por Mario Lavista.

Pienso que una de las últimas manifestaciones del experimentalismo sonoro, fue la que hiciera KarlheinzStockaussen, –a propósito del avionazo de las Torres Gemelas en 2001-, al decir: “es la mejor ejecución de todos los tiempos”.

Guadalajara no se mostró indiferente al movimiento experimental en la música. La figura del compositor ocotlense Manuel Enríquez fue el motivo inspirador.

El Grupo Sonido XX, integrado por los compositores Antonio Navarro, Austreberto Chaires, el guitarrista Sergio Medina y la pintora Marta Pacheco, organizaron en los setentas festivales de música contemporánea –en la antigua Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara-, en donde se invitaba a compositores de la capital y se ejecutaba música de los grandes: Cage, Stockhaussen, a la vez que se exponían creaciones propias.

Me resulta imposible no mencionar también, en este contexto, a mis amigos Victor Manuel Medeles, Pedro Barboza y Manuel Cerda.

Ante ellos me quedo, como John Cage en 4:33: sin palabras.

Hasta en quince, con más sonoridades.


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