Music Club

Pavana para un difunto viviente

Los compositores jaliscienses (algunos por adopción) de la generación de los setentas –Antonio Navarro Ramírez, Austreberto Chaires, Bernardo Colunga, Pedro Barboza, Manuel Cerda Ortiz, Guillermo Dávalos, Victor Manuel Medeles-, reconocidos en el ámbito de la música culta, clásica, seria, por haber invocado los demonios de la música experimental –importados de Francia, vía Pierre Henry y Pierre Schaeffer y de Estados Unidos vía John Cage-, han picado piedra en el mundo discográfico.

Uno de los mejores ejemplos fue la grabación del CD Anacrusa 2000 – donde interviene también una excelente compositora: Julieta Marón-, material sonoro con el mayor acierto en la exploración –del neo-romanticismo al jazz, al minimalismo, sin descuidar el tono personal-.           

Recientemente, Antonio Navarro recreó las voces del medievo “que nunca descienden al lugar común” (Revista Pauta, no. 125), en la Canción del Arlequín para oboe solo, ejecutada por Carmen Thierry en el CD Oboemia y Manuel Cerda Ortiz grabó su testimonial sonoro, el Concierto para clarinete, con la Orquesta Filarmónica de Querétaro, bajo la dirección de Luis Obregón.

Los compositores posteriores: Enrique Vázquez Lozano, Javier Sierra Frutos, Demián Galindo, Carlo Constantini, Saúl Ledesma “El Muerto”, Jorge Manzano Celis, Luis Palacios “El Loco”, Carlos Flores “El Fox”, Raúl Molina de Anda, David Mozqueda, Jesús Delgado y una compositora: Ana Silvia Guerrero, siguen insistiendo en buscar un lugar para la difusión de su obra.

La autogestión cobra caro su factura. El artista, al ser el promotor de su obra, duplica esfuerzos e interviene en una dinámica ajena a la composición misma.

Los mecanismos de extensión y difusión no existen. ¿Cómo puede, en una sociedad como la nuestra, aspirar el músico a la internacionalización de su obra a través de un material sonoro? ¿Cómo, si incluso el mercado local imposibilita la difusión de la obra de sus propios creadores? Para poder acceder al conocimiento de las obras, es necesario ubicar al autor y negociar fuera del mercado los archivos sonoros.

Embodegadas en los sótanos del olvido institucional, las creaciones de los compositores locales duermen en espera de un mejor futuro. Quizá mañana –visión optimista-, un oído experto las rescate. Me gustaría estar aquí y confirmar mi certeza.

Esta quincena escuché y te recomiendo: Song of the Cherubim (1986), Canticorum Salomonis (1973), Kosmogonía (1970) y Strophen (1959) de Krzysztof Penderecky, Suite Antique de John Rutter (Londres, 1945) en cinco movimientos, Concierto para clavicordioy ensamble instrumental también en cinco movimientos, de Jean Francaix (Le Man, 1912- Paris, 1997), y el reciente material sonoro de  Paul McCartney (Liverpool, 1942): New. Espero tus comentarios (…) Feliz Año Nuevo.

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@AlterRuy