Music Club

Música, novela y otras elucubraciones

A mi maestro y amigo Roberto Herrera Gallardo,

por las arañas negras de aquellas historias que aún nos siguen.

 

Para obtener el título de maestro en Estudios de Literatura Mexicana (por la U de G), en mis tiempos de chango -parafraseo a Atahualpa Yupanqui-, realicé un análisis sobre los universos sonoros en La Creación de Agustín Yáñez.

Hubo quien se opuso a ese proyecto. “Es imposible estudiar la música en la literatura”, fue uno de los comentarios de una de maestra de peso.

Gracias a la intervención de la Doctora en Letras Guadalupe Mejía -una artista completa: literata, pianista y pintora-, pude encontrar tutora para mis elucubraciones. Una investigación que inició el Doctor Juan Antonio Lira Aguirre, con su tesis pionera: El elemento sonoro en Al filo del agua, novela del mismo Yáñez.

Retrospectiva. A lo largo de la licenciatura (en letras, también por la U de G), descubrí que no sólo la literatura puede ser estudiada desde el campo sonoro -o semiótica del sonido-, sino que este elemento -llámese sonido, ruido, música-, está indefectiblemente unido a la creación literaria.

En una de las materias de hallazgos inolvidables en literatura, Novela Negra, impartida por el Dr. Roberto Herrera Gallardo -quien no dudaba en ambientar el aula con velas para leer El cuervo de Allan Poe-, me atreví a sumergirme en los oleajes sonoros de dos novelas fantásticas: Drácula de Bram Stoker y El Exorcista de William Peter Blatty.

El sonido funciona a través de una polisemia ligada a las emociones: misterio, terror, alucinación. Estética de ultratumba.

Cito: “Había una dulzura diabólica en el tono de la voz de Lucy -un tintineo como de cristal- que resonó incluso en el cerebro de los demás, aun cuando las palabras iban dirigidas para Arthur” (Bram Stoker, Drácula, Editorial Porrúa, p. 211). “Chris levantó la cabeza con un movimiento brusco al oír ruidos de tumulto en el cuarto de Reagan. ¡Golpes secos y rápidos, con resonancia de pesadilla, imponentes como el martillo que golpeara sobre una tumba!” (William P. Blatty, El Exorcista, El Ateneo-Emecé, p. 193), y: “Al pasar el padre Karras junto a la escalinata cercana a la casa, oyó un ruido abajo, junto al río. Una armónica. Alguien estaba tocando “El Valle del Río Rojo”. La canción favorita de Karras durante la niñez. Escuchó hasta que el ruido del tránsito lo ahogó (...) Pensaba febrilmente. En Chris. En Reagan” (Ibid, p. 259).

Ya en el plano cinematográfico, quién no recuerda aquella escena poética de El Exorcista, en que dos monjas recorren las calles arboladas de Washington D.C., mientras resuena la banda sonora de Tubular Bells, Campanas Tubulares, clásico de Mike Olfield.

(...)

En esta ocasión, te recomiendo la audición de Black Waves (Olas Negras), de John Luther Adams, verdadero terror psicológico. Hasta pronto con más misterios de lo macabro (con perdón de Ligeti y su anti-ópera).

 

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