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Las Disonancias de DeLarge

Contrapuntos emergen del análisis comparativo entre el libro y la película Naranja Mecánica, publicada por el escritor británico Anthony Burgess en 1962, y llevada al celuloide por Stanley Kubrick nueve años más tarde, en 1971.

Dice Burgess en la nota introductoria a la novela, en noviembre de 1986: “Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. Sin embargo, se resiste a ser borrada, la versión cinematográfica de Stanley Kubrick es la principal responsable. De buena gana la repudiaría por diferentes razones, pero eso no está permitido. Recibo cartas de estudiantes que tratan de escribir tesis sobre la novela, o peticiones de dramaturgos japoneses para convertirla en una especie de obra de teatro. Así pues, es altamente probable que sobreviva, mientras que otras obras mías que valoro más muerden el polvo”.

Hay que decir, a favor del film, que el personaje principal, Alex DeLarge, es superior al de la narración de Burgess. Quién no recuerda la mirada polisémica –en sentido hiperviolento-, con que DeLarge es presentado por Kubrick mientras las notas de los Funerales para la Reyna María de Henry Purcell –en versión de Walter Carlos- resuenan en el espacio mítico del Korova, bar lácteo que frecuentaban Alex y sus tres drugos.

En lo sonoro, en una especie de leitmotiv, Kubrick se centra en la Novena Sinfonía de Beethoven, en tanto que el DeLarge de la novela, en su cuarto bizarro, escuchaba no sólo a Beethoven, sino a Mozart, Bach, las novedades discográficas: “Los pequeños altavoces de mi estéreo estaban dispuestos alrededor del cuarto, en el techo, las paredes, el suelo (…) Lo primero que deseaba escuchar esa noche era el nuevo concierto para violín, del norteamericano Geoffrey Plautus, tocado por Odiseo Choerilus con la Filarmónica de Macon (Georgia)”.

Continúa: “Los trombones crujían como láminas de oro bajo mi cama (…) las trompetas lanzaban lenguas de plata y los timbales asaltaban mis tripas como trueno de caramelo”. (BURGESS, ed. Minotauro).

Varias cosas se agolpan en mi mente. ¿Era el oído de DeLarge el de un virtuoso o el de un sociópata?

La música contemporánea, de cualquier manera, merece un lugar dentro de la sociedad. No es –o no debe ser-, un objeto aislado en la mente demente –parafraseo a Octavio Paz-.

“Guadalajara no está preparada para la música contemporánea”, palabras que una funcionaria de música (actual) dedicó a un joven compositor jalisciense. “Llevo cuarenta años esperando, ojalá algún día la música de los compositores contemporáneos jaliscienses reciban el apoyo que se merece”. Me ha dicho en entrevista un compositor de larga trayectoria en nuestro Estado.

“¿Qué sentido tiene no ejecutar a nuestros propios compositores?”, Monsieur Carrasco, compositor chileno, dixit. Más sonidos en quince.

 

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